Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Rama segunda.
Hermano del D. Simón: DON PITO, hombre muy pasado por agua, más joven que su hermano, pero con apariencias de más viejo, por los grandes trabajos que sufrido había en empresas arriesgadas de mar y costa. Su nombre era Luis Agapito; pero nadie, ni aun su familia, le llamaba sino con la mitad del segunda nombre. A muy diferentes destinos parecían llamados Simón y Pito, porque ya desde el nacer se marcó en la vicia de ambos dirección distinta. Simón vio la luz en Madrid, Pito en Cádiz, en ocasión que fueron allá sus padres con objeto de establecer una pastelería. El uno, nacido al amparo de Cibeles, debía ser memorable en las cosas terrestres, el otro, encomendado al movible Neptuno, en las marítimas. Recogiole de corta edad un tío suyo que hacía viajes a América, y marino fue de vocación decidida y de gran resistencia física y moral para las fatigas de oficio tan rudo. No se ha escrito ni se escribirá la historia de sus hazañas y sufrimientos como capitán de derrota en innumerables expediciones a las Américas, a las Áfricas y a las desparramadas islas de Oceanía, y tan hiperbólico era él como cronista de sí propio, que resultaba el mundo mayor de lo que es, y con un par de continentes más. Llena está, en efecto, su vida, de los veinte a los cincuenta, de hercúleos esfuerzos, de atrevimientos brutales, y también de inauditos contrastes pecuniarios. A poco de guardar las onzas en espuerta, D. Pito daba sablazos de media onza en el muelle de la Habana, contraste en verdad muy lógico, pues el tráfico a que se dedicaba tuvo su época feliz, y una decadencia ocasionada a grandes desastres. Ello fue que le cogieron de medio a medio los últimos tiempos de la trata, y en uno de aquellos paseítos que dio por el golfo de Guinea, me le atraparon los ingleses, le soplaron en la isla de Santa Elena, y en un tris estuvo que tuviera el honor de entregar la piel donde mismo la entregó Napoleón el Grande. Ya viejo, enseñaba con orgullo y fanfarronería las huellas que habían dejado en sus muñecas las esposas y en sus pies los grillos. Puesto en libertad, intentó alijar otro cargamento; pero se le averió el negocio, en la misma costa de Cuba, proporcionándole hospedaje por diez meses en la Cabaña. Después de esto, mandó vapores costeros y de altura durante quince años, al cabo de los cuales, por su mala cabeza, sus vicios y su informalidad, se encontró sin blanca; vino a España con su familia, y no pudiendo vivir en Cádiz, porque su reputación le perseguía con más crueldad que antes la justicia, se corrió a Madrid, donde le hallamos viejo, reumático, remolcando la pierna derecha, maldiciendo su suerte, consolándose de la nostalgia de la mar con el dejo amargo y embriagador de sus trágicas aventuras.