Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Aquella noche, cuando Dulce entró en la guarida de los Babeles, la primera persona que vio fue su madre, que salía de la cocina, encendido el rostro, desgreñada la blanquecina crencha, y con todas las trazas de haber padecido recientemente uno de aquellos arrechuchos que perturbaban su claro juicio. Alegrose la pobre señora de ver a su hija, más que por verla por recibir de ella el socorro que esperaba, y antes de que la joven acabara de sacarlo de su portamonedas, ya doña Catalina estaba echándole las uñas.
-¡Ay, hija de mi alma, qué a tiempo has venido! Estamos con el chocolatito de esta mañana. ¡Y ese fanfarrón, ese hombre ordinario, que no fue persona hasta que le casaron conmigo, se atreve a ponerme unos morros así, porque no le mantengo el pico!. ¿Pero de dónde he de sacarlo yo, si él no lo trae, el muy gandul?. Te digo que así no se puede vivir. Me puse muy mala, y todavía me duran los temblores. ¿ves? Lo que yo le digo: siendo él quien es, hijo de unos miserables pasteleros que tenían un tenducho ahí. ¿sabes? en la rinconada de la calle del Pez, gente tan desconceptuada que por allí no parecía un alma a comprar; siendo yo quien soy, y teniendo por parte de papá la parentela que todo el mundo conoce, tanto que me casaron por engaño, eso es sabido, aquellos infames tutores. en fin, ¿a qué recordar?. pues digo, que siendo cada cual quien es, debiera ese puerco echarme memoriales para dirigirme la palabra. Pues no señor. ¿Sabes lo que me ha llamado esta noche? Me ha llamado doña Urraca, la Reina de Bastos y qué sé yo. y ha dicho que ojalá me muera mañana. Allá están él y Pito arreglando el país con el vecino ese, D. José Bailón.