Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ción callaba, un tanto cohibida por las extremosas caricias de su padre, a quien no había visto en algún tiempo. Desproporcionada en su desarrollo intelectual, que aventajaba al del cuerpo, sus seis años, si parecían diez por la inteligencia, representaban cuatro por la estatura. Su precocidad manifestábase en la inquietud ratonil, en el afán de apreciar por sí misma todas las cosas, tocándolas, revolviéndolas, examinándolas por dentro y por fuera, en el flujo de hacer preguntas por todo y para todo, ansia de saber, prurito de observación, reconocimiento del mundo en que se han abierto los ojos, y tanteo del terreno vital en sus diversas zonas morales y físicas. Era delgaducha, ojinegra, más graciosa que bonita; su cara diminuta, toda expresión, viveza, prontitud; su agilidad pasmosa, acortando lo más posible la distancia entre el deseo y el acto. Llenas de cardenales y arañazos estaban sus rodillas, las manos magulladas, resultado de aquel incesante rodar por el suelo, de aquel encaramarse en sillas y mesas, como si el instinto la impulsara ciegamente a baquetear su naturaleza, desgastando la sobrante energía vital.
Los niños olvidan pronto a los ausentes; pero también con prontitud reanudan sus familiaridades interrumpidas. Al cuarto de hora de hallarse sobre las rodillas de su papá, Ción le trataba como si no hubiera dejado de verle, y restablecía la antigua confianza y las libertades que con él solía tomarse. Ni un segundo se estaba quieta; si su padre no la sujetara, veinte veces se habría desprendido de su brazo para volver a trepar sobre él otras tantas, y no pudiendo moverse, se desahogaba con una granizada de preguntas y observaciones.«Papaíto, ¿por qué tienes el brazo colgando de ese pañuelo?. Papaíto, ¿por qué no has entrado a ver a la abuelita?. ¿Vas a comer hoy en casa? Come, sí, que Leré ha mandado traer pescadilla, que a ti te gusta tanto. Te enseñaré la sillería que me compró el marqués, verás. pero los cajones de la cómoda no se abren, y las sillas están todas paticojas. Después voy a lavar este pañuelo. ¿No es verdad que tú quieres que lo lave? Dice Leré que me mojo, y qué sé yo qué. ¡Qué mentira tan grande! Yo no me mojo. Déjame, déjame, que voy a decirle a la abuelita que estás aquí.