Explore "Silas Marner" by George Eliot on Textopian. Read with annotations and highlights.
Aquella noche, entre las ocho y las nueve, Eppie y Silas estaban sentados solos en su choza. Después de la gran sobreexcitación causada al tejedor por los sucesos de la tarde, había deseado vivamente aquella tranquilidad y hasta les había rogado a la señora Winthrop y a Aarón, que se habían quedado allí, naturalmente, cuando todos se marcharon, que lo dejaran solo con su hija. Aquella sobreexcitación no se había disipado todavía. No había hecho más que alcanzar ese grado en que la sensibilidad se vuelve tan delicada que hace intolerable todo estimulante exterior; ese grado en que no se siente fatiga sino más bien una intensidad de vida interior, bajo el imperio de la cual es imposible conciliar el sueño. Todo el que haya observado tales momentos en otras personas, recuerda el brillo de su mirada y la nitidez extraña que se esparce hasta sobre las facciones groseras a causa de esa influencia pasajera. Es algo como si gracias a una nueva sutileza del oído, capaz de percibir todas las voces espirituales, vibraciones de efectos maravillosos hubieran atravesado la pesada armazón mortal, como si la «belleza nacida del murmullo de los sonidos» hubiera pasado por la fisonomía del que los escucha.
El rostro de Silas anunciaba esa especie de transfiguración cuando al quedar solos se puso a mirar a Eppie, sentado en su sillón. La joven había acercado su silla cerca de las rodillas de Marner y se había inclinado hacia adelante teniendo ambas manos de su padre adoptivo entre las suyas y con los ojos alzados hacia él. Próximo a ellos, en la mesa, iluminada por una vela, se encontraba el oro recobrado, el oro tanto tiempo amado, dispuesto en pilas regulares, como Silas tenía costumbre de ponerlo en los días en que aquel metal era su única alegría. Acababa de mostrarle a Eppie cómo tenía la costumbre de contarlo todas las noches y cuál había sido la desolación extrema de su alma hasta que su hija le fue enviada.