Explore "El Niño de Guzmán" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
En las alamedas del Parque, donde ya la sombra encubría, Pedro se decidió a ofrecer el brazo, ambos brazos; colgáronse de ellos las damas -a quien él tenía por cosa tan diferente. Los sentimientos del alumno de O'Neal en aquel instante eran de naturaleza asaz extraña.
La profunda impresión del ingreso en la patria para él desconocida, uniéndose a la crisis sentimental, que sigue en ciertas organizaciones elevadas a las flaquezas y caídas materiales, habían infundido en Pedro esa plenitud de espíritu que generalmente precede al despertar de la pasión. En aquel instante diera él por una aventura -pero aventura poética, teñida de matices amorosos-, el dedo meñique. La calentura de la juventud le abrasaba. Entre el compacto gentío donde no le conocía nadie, complacíase en fantasear, sin figurarse que el sueño pisase a la realidad los talones, que latía por él un corazón, que unos ojos le llamaban, que una mujer se le acercaba trémula. Cuando sus gentiles enemigas de la estación de Irún se pusieron al habla con él, encogiose de hombros, reconociendo el contraste de sus anhelos con las circunstancias. ¡Ahí está la aventura que el Casino puede ofrecer! ¡Estas son las que hoy se encuentran! ¡Desear la reja enramada de jazmines, la luna, el peligro, y encontrar por conquista dos criaturas venales! Sin embargo, el aura peculiar a la alta señora en la Lobatilla, a la mujer honrada y pura en Arcángela, esparcían un delicado y exquisito aroma que el alma de Pedro percibía. Aquello era bien distinto de lo de París, y no se necesitó más para que la imaginación de Pedro floreciese y le impulsase a crear lo que suponía que allí faltaba -lo espiritual, lo romancesco. En lo más recóndito de su ser reinaba victorioso el sortilegio de Nardita. Érale desagradable tiznar con el negror del vicio aquella miniatura seductora, y quería, aunque sólo fuese un instante, rodearla de brillantes y perlas, darla un marco de oro cincelado, respetarla y adorarla. Convertir a Narda en dama pulcra y noble le halagaba mucho, y con el idealismo de la raza, su yo inventaba y creaba el mundo divino del sentimiento.