Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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En verano dejo las ociosas plumas a la metálica voz del French, cuando lanza ocho estridentes notas en la soñolienta atmósfera de la sala, contigua al dormitorio. Me lavo a escape, me visto de negligé y corro a la playa del Rial a tomar un baño. Salgo del chapuzón regenerado, con la sangre fresca, dispuesto a resistir bien el calor del día. Desde el baño hago rumbo al Casino de la Amistad, muy próximo a mi casa (vivo en la calle Mayor, el corazón de Marineda), y me arrellano en una butaca, a leer la prensa de la corte, a abrir y gulusmear Ilustraciones y Revistas. La de Ambos Mundos, decadente y todo, sigue siendo mi predilecta; devoro sus novelas interesándome mucho en la ficción; tampoco me desagradan los reposados y agudos estudios críticos de Lemaître y Brunetière, ni ciertos artículos de carácter biográfico: con los administrativos, económicos y científicos no me atrevo nunca de puro respeto que me infunden. No descuido el movimiento literario ameno, el que no fatiga el cerebro ni lo atolla en indigestas e insolubles cuestiones: leo a unos autores porque me divierten y estimulan (como Gyp), a otros porque me causan grata fiebre, (como Bourget), y a otros, (como Prevost), porque me tocan en el corazón. A las doce o doce y media vuelvo a mi domicilio, termino las operaciones de aseo, me pongo a gusto, en batín, y salgo al comedor. No me tengan Vds. por glotón; al contrario: en las horas de la mañana soy excesivamente sobrio, y guardo extraño régimen. Lo que me sirve con sus secas manos doña Consola, es buenamente ancha bandeja donde campea un tazón, no chinesco sino de nítida loza británica, rebosando de hirviente chocolate; un vidrio de agua cristalina y pura; un blanco azucarillo; unas rebanadas de dorado pan, y una limpia y bien planchada servilleta… Ni más ni menos.

¿Me dices, ¡oh lector abogado de la santa coyunda!, que es triste eso de sentarse a la mesa solo? ¡Bah! Lo de la soledad es según se entienda. No me falta compañía. La ex doncella de la heroína se encarga a veces de distraerme contándome las proezas y glorias de su ama, y cómo en aquella casa se vieron reunidos a la mesa el Gobernador, el Capitán general, el señor de Picavia y D.

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