Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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No: caigo en la cuenta de que la cita anterior no expresa bien el estado de mi ánimo, y da de mí una idea falsa, exagerando demasiado mi interior tranquilidad. Por ella propenderá quien lea estas confesiones a suponer que navego en una balsa de aceite, y que soy de corcho o de pasta flora, es decir, insensible a las ilusiones y espejismos que atraen a la humanidad y la atraerán siempre, encaminándola a su perdición. Si así fuese; si el empecatado genio de la especie no me hiciese cosquillas, incitándome a sacrificar en sus aras la ventura de mi individuo, entonces no tendría yo gran mérito; mi condición sería la de la piedra, que se está, ¡miren qué gracia!, donde la ponen.

No señor; yo quiero que no ignoren los venideros siglos que soy de Dios, que tengo mi alma en mi almario, y que no sólo la tengo, sino que algunas veces me lanza por sendas peligrosas, empujándome a precipicios que, gracias a la reflexión y a la fuerza de voluntad, he conseguido evitar hasta hoy, y donde espero no caer nunca. Para defenderme de estos abismos tengo mi táctica especial, que voy a descubrir, recomendándola a los solterones futuros, si es que poseen mi misma índole, pues en medicinas del alma se requiere identidad de sujeto psíquico, y ya se sabe que el alma ajena es una selva obscura. Viniendo a mi caso especial, diré que si soy el mayor enemigo de la realidad del matrimonio, adolezco en cambio de una afición vehemente a los sueños o fantasmagorías que le preceden, a esa dulce escaramuza en que poco a poco el albedrío y el corazón de una preciosa niña van acudiendo, como pájaros bien domesticados y amaestrados, a posarse en nuestro hombro o a refugiarse cerca de nuestro corazón. Ese período de cortejo fino que prepara la petición de la blanca mano de una señorita, es lo único bueno (en mi sentir) del matrimonio; una serie de emociones gratas y tiernas, una seducción casta que os entrega poco a poco, y sin detrimento de su pureza, a una mujer. Tiene la frescura ideal de la primavera, el encanto de los primeros días de un Abril florido. Así como infaliblemente sabemos que después de las bendiciones no habrá más que breves horas de embriaguez física, no siempre mutua, y luego una eternidad de indiferencia y prosa -cuando no de discordias y regaños- antes de las bendiciones todo es poesía, gracia, harmonía, tierna sumisión o coqueterías halagüeñas y picantes, que no comprometen nuestra honra viril, pues la coquetería, que halaga y divierte al soltero, al casado le volvería tarumba. Mi carácter dado a las impresiones benignas y suaves; mi propensión imaginativa, me hacen encontrar deliciosos esos amoríos a flor de agua, caprichosos, risueños, ligeros, en que si la ruptura cuesta lágrimas, son lágrimas que se secan pronto y no abrasan las pupilas.

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