Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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Y salió escapada, como un rehilete, dejándome asaz preocupado y descontento de mí mismo. ¿No había yo entrado allí para rogarla que variase la hora de sus visitas a la librería? Y en vez de tan necesaria advertencia, ¿no me había dejado enredar en conversación y oído cien mil cosas que ni me iban ni me venían, pero tenían la fatal condición de revolverme la bilis? Era indudable que yo había cometido una inadvertencia gorda dejando que se acercase aquella muchacha a mi guarida. Tipo tan original y tan vivaz como Feíta no entra impunemente en ninguna parte. Su natural virtud es la de agitar, trastornar y embrollar una existencia, por bien arreglada que la supongamos.

Después de su marcha, sin querer quedé rumiando sus revelaciones. Lo que más me irritaba era descubrir en mí extraña indulgencia para las rarezas de la independiente, y propensión a que su carácter y modo de proceder en vez de indignarme o serme antipáticos, se me antojasen defendibles, atractivos, y hasta (Dios me ilumine) grandes y hermosos. En el episodio del encuentro con el obrero me pareció que existían encantadores detalles, y mi fantasía empezó a trabajar activamente, como si la inflamase la reciente lectura de alguna novela. Yo veía el cuadro, el huerto, la piedra, la muchacha mordiendo su tarugo de pan, sentada cerca del arroyo, a la sombra de desmedrado arbolillo, y ante ella, en pie, el tipógrafo, fascinado por su presencia, dando vueltas a la gorra, escogiendo las frases, buscando las que significasen mayor respeto, y dirigiéndose a ella como el innovador al neófito, como se comunican los que alimentan una aspiración que no comprenden las muchedumbres, plétora de ideas que no pueden derramar y que les ahoga, la visión de un mundo nuevo alzándose sobre las ruinas del caduco mundo clásico, otra sociedad, otras costumbres, otra noción del derecho y de la vida… A mi juicio, Feíta no podía menos de entenderse divinamente con el compañero; las tendencias que los dos representaban enlazábanse con estrecha solidaridad. «¿Le querrá?» -pensaba yo. «De fijo acaba por quererle… ¿Y si le quiere, qué diantres me importa? Que les haga buen provecho».

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