Explore "Memorias de Un Solterón: Adán y Eva" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
-Sí -repitió riéndose, con una risa melodiosa y apacible- la libertad es quien ha obrado estos milagros. ¡Si yo le dijese a V. los efectos beneficiosos que noto en mí, y todo por obra y gracia de la señora libertad! -Vaya V. contando. En primer lugar (y siempre en primero debe ir la salud), cuando proclamé los derechos de la mujer, yo me sentía floja y desmadejada. A veces me figuraba que mi cuerpo me decía: «hija, zarandéame, que lo necesito mucho». ¡Pero no poder salir sino en comandita, a la hora que me ordenasen… siempre por las mismas calles, dejo atrás la ciudad, me meto por los sembrados, los huertos, los caminitos vecinales; tengo sed o tengo hambre; saco mi vasito -¿lo ve V.? aquí en el bolsillo va- bebo en el primer arroyo o la fuente de la carretera… cojo un mendrugo de pan y le hinco el diente… si se me ha olvidado echarme en la faltriquera el mendrugo, compro un cuarterón de brona y me sabe a gloria divina… ando una legua, dos leguas, tres… ¡y vuelvo a Marineda en estado de beatitud! Dígame V., Abad, pero con la conciencia en la mano: ¿hay algún mal en estos? ¿Infrinjo alguna ley humana o divina? ¿No? Pues creo que tampoco sea ningún crimen el dedicarme a enseñar a los que no saben… y el leer a troche y moche, para curarme a mi vez de la ignorancia. Esta es toda mi vida; a ver si en ella hay qué tachar. ¡Abad de mil demonios! créame V., estoy muy contenta de la señorita Feíta, y si los demás no lo estuviesen… peor para ellos.
Y me dio un palmo de narices, poniendo en fila las manos delante de su remangada naricilla.