Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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Debo decir que, no sin gran admiración mía, Primo Cova cumplió estrictamente su palabra. Hizo más: fue en todas partes el defensor, abogado y encomiasta de la conducta de Feíta. Yo temía que los arranques de esta diesen motivo para que en Marineda la apedreasen. Cierto que se habló a destajo, que se armó alboroto, y se calificó a la emancipada, según merecía, de insolente marimacho: pero en el punto importantísimo de su honra, en la interpretación maligna e infamarte a que se prestaban sus correrías, fue dictamen general no atribuir a las genialidades de Feíta, por lo pronto, ninguna intención siniestra. Debió de contribuir a esta indulgencia relativa del público la campaña benévola del en otras ocasiones desaforado maldiciente Primo Cova.

El propio desenfado característico de Feíta, la claridad de sus palabras, la impetuosidad de su proceder, borraron sombras y disiparon sospechas. Los agoreros más pesimistas se limitaron a predecir que Feíta, si no se había perdido, acabaría por perderse irremisiblemente, entre los azares y riesgos de la vida libre e insólita a que se entregaba. Hasta en esto rompió lanzas por ella Primo Cova. «No se perderá la chica» -aseguró tan impávido como si tuviese don de profecía-, «porque su despejo natural y el mundo que va a correr la enseñarán a precaverse. Además, a esa niña, hoy por hoy, sin cuidado la tienen los hombres y el dios Cupidillo. Lo que la hierve en los sesos es el afán de estudiar, de saber, y de aprovechar y lucir su sabiduría. ¿No ven Vds. como anda, hecha un Caifás, con el pelo al rape, cada bota lo mismo que un lanchón, los dedos negros y la saya de través? ¿Vds. afirman que caerá? Pues yo sostengo una apuesta. Apuesto a que antes que se pierda ese pericón, se habrán reperdido unas cinco o seis muchachas de su misma esfera social, que viven al estilo antiguo, no salen solas y no dan lecciones. ¡A ver quién se juega mil realitos!».

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