Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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La resolución de curar un mal de amor privándose de la vista y trato del ser querido, es como los demás remedios que suelen recetar separa la gran enfermedad sentimental: útil si el mal es leve, inútil si ya se ha apoderado del alma. Abstenerse de la vista para quitar la afición es como pretender extinguir la sed apartándose de la fuente cuyas aguas son las únicas que pueden apagarla. Yo empecé a practicar el sistema de alejamiento: salí por las mañanas a fin de no encontrarme en mi habitación cuando Feíta fuese a la librería: renuncié a dar paseos largos, por si la casualidad hacía que nos tropezásemos en algún huerto o en algún peñascal de la ribera: a casa de Neira, ni arrastro: la Pecera fue mi asilo. Mas noté que con este género de vida no me sufría a mí propio. Lo de menos era el cambio de mis hábitos: lo grave, mi estado moral: mi descontento, mi inquietud, el estéril hervor de mi fantasía, y especialmente la desagradable sensación, nueva para mí, de fastidio -preciso es llamarle por su nombre-, de tedio mortal, el verdadero cáncer del celibato, que antes no había padecido nunca, ni durante mis noviajos sosos, ni al romperlos, ni en las temporadas en que me hallé absolutamente solo conmigo mismo… Este tedio no era sino la protesta de mi sensibilidad reprimida, la plétora del corazón que quiere funcionar, que reclama su parte de emociones, de fruiciones y hasta de sufrimiento -los vapores nerviosos que, al acercarse la edad madura, obscurecen el cerebro del hombre como desequilibran el temperamento de la mujer… - Que no se puede ser impasible; que necesitamos sentir, aunque el sentir nos atormente, y que ciertos estados del alma no piden retraimiento, piden guerra y conflicto…

Desde que me impuse, como penitencia saludable, la obligación de no ver a nadie de la familia Neira -ni siquiera al papá- me entró un deseo extraordinario de saber de ella, pareciéndome que sólo en aquella casa podría quitárseme el esplín. Oía hablar continuamente de las muchachas en la Pecera, a donde concurrían por la tarde Baltasar Sobrado y el gobernador, que recibían bromas picantes, y las rechazaban con ese tono de afectación y reserva -la peor, la más sospechosa de las actitudes cuando se trata de la honra de una mujer. Si ellos no estaban presentes, se discutían acaloradamente las probabilidades de boda: había partidarios de que Baltasar acabaría por casarse, y otros que no lo creían posible. Estos últimos alegaban, como razón concluyente, que D. Baltasar no se decidiría a contraer matrimonio mientras el compañero Sobrado le tuviese bajo la amenaza de volar con dinamita la casa, y a su padre dentro. Era público y notorio que se jactaba de realizarlo, y muchos le suponían capaz de cumplir en todas sus partes la amenaza. «Ese Sobrado es un mozo crúo» -decían-, «no se achicará. Si se casa D. Baltasar, ya puede hacerlo en secreto, largarse de Marineda y no volver en veinte años. De otra manera… ¡puum! Habrá toros y cañas».

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