Explore "Memorias de Un Solterón: Adán y Eva" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mis ojos se clavaron en él, estudiándole para establecer esa comparación minuciosa, forma inevitable de los celos. Y aunque mi vanidad y mi amor propio sufran, debo confesar que reconocí ventajas en el tipógrafo. Veintiséis años contaría, y a pesar de ciertos rasgos fisionómicos en que había sellado su paternidad don Baltasar, a quien se parecía era a su madre, a la hermosa cigarrera, flor de la Fábrica de tabacos, y ejemplar popular de lo más neto y brioso. Hay tipos femeninos que ganan al ser transmitidos a un varón. El de la Tribuna, aunque magnífico, siempre me había parecido material. En su hijo resultaba, si no exquisitamente fino, más espiritual e inteligente. El tipógrafo era moreno; sus facciones expresivas, que apenas empezaba a marchitar el trabajo nocturno, tenían alma, unida a esa corrección de líneas que se observa en los modelos italianos; su bigote chico descubría una, boca fresca, unos dientes blancos e irreprochables; su pelo se rizaba y caía gracioso sobre la lisa frente, y sus ojos negrísimos, algo tristes, cuando hablaba despedían fuego. Una blusa azul, casi nueva y mal cortada, desfiguraba las buenas proporciones de su cuerpo, que así y todo se adivinaba nervioso y robusto. En suma, mi presunto rival había salido guapo e interesante como cree el vulgo que salen siempre los hijos del amor, criaturas a quienes la desgracia o la dureza de un padre sujeta a una esfera social para la cual no nacieron. La cara del socialista era una protesta contra la suerte. En lo físico y en lo moral me pareció -y al notarlo me reconcomí de despecho- que el mozo era pintado para ocupar la imaginación de Feíta, como Feíta ocupaba la mía. No tenía yo delante a un adocenado obrerete, a un pelagatos por el estilo del que venció la afectada esquivez de Tula, la hija mayor de Neira. El compañero reunía condiciones especiales; quizás entre los que en Marineda vestían levita no existiese ninguno tan a propósito para impresionar a la extravagante como aquel galán de blusa y gorrilla de seda.
Cuándo le tendí la mano, dudó y retrocedió: su actitud fue hosca y glacial; al fin, venciéndose, me alargó la diestra a su vez. La presión con que correspondió a mi movimiento me pareció nerviosa; la mano estaba fría: un pedazo de mármol que suda. Acaso estrechaba por primera vez la diestra de un burgués; acaso recelaba que yo me burlase de él tratándole con demasiada cortesía. Me dio sordamente las buenas noches, y le convidé a sentarse a mi mesa. «Tengo que hablarle -dije sin rodeos- y creo que aquí es buen sitio. ¿Nos oirán?».