Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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Al dejar el café reconocí que salía derrotado. La entrevista con el tipógrafo no había dado más fruto que el de redoblar mis inquietudes y exasperar mi deseo de ver a Feíta, de disfrutar la picante delicia de su conversación, y de discutir sabrosamente, pareciéndome que un palique con la chiquilla era lo único que podía quitarme la murria, y a la vez, que en ese palique descubriría yo la veta de su sentir y sabría hasta qué punto la era o no indiferente el peligroso compañero. Tuve, sin embargo, valor para resistir y para recogerme aquella noche sin ceder a la tentación de presentarme en la tertulia de Neira; pero no estaba en condiciones de luchar más contra mí mismo; no en balde me habían acostumbrado a darme gusto, a evitarme sensaciones penosas o desagradables; no en balde era mi propio niño mimado. Perdemos la disciplina moral, y con ella el vigor; la filancia, que nos acaricia, nos enerva. A la mañana siguiente, llegada la hora en que Feíta acostumbraba visitar la biblioteca, no salí de casa, y esperé con ansia digna de un cadete el ruidito del mueble o el susurro de la hoja volteada. Oí el campanillazo; sentí andar en el pasillo… y no tardé en comprender que se encontraba Feíta en el cuchitril. Me levanté, corrí gozoso a herir con los nudillos la puerta… y al primer golpe, otro golpe respondió desde adentro. Al mismo tiempo que yo la llamaba, me llamaba Feíta a mí.

Volví el picaporte y entré. La muchacha me esperaba de pie, con el sombrero puesto, sin haber tocado a un libro.

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