Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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Mi hábito de desconfiar de las mujeres, de suponerlas consagradas a la caza del marido, venció en aquel momento a los sentimientos que Feíta despertaba en mí. Noté una especie de frío moral repentino, y acogí receloso las confidencias de Feíta, precisamente cuando estas llegaban al grado de mayor intimidad y abandono, cuando la muchacha no recataba nada de lo que la afligía. Sentí que me ponía en guardia, y me pareció que de pronto mi cariño se sumía como agua en arenal. Sin embargo, continué atento, bien dispuesto en el terreno amistoso. «Procederé como amigo», pensé, «como verdadero y leal amigo, a fin de que si estas son artimañas de una mujer, dotada de gran entendimiento y voluntad, para buscar otro género de protección, no pueda quejarse ni motejarme de que no la aconsejo y sirvo desinteresadamente».

-Vamos, hija mía -insistí en alta voz- no sea que se haya V. ofuscado y visto lo que no existe. ¡Quizás la… la intriguilla de… de sus hermanas… sea inocente… o no sea aún tan… tan arriesgada como V. supone… !

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