Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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Bajo el peso de tan clara notificación quedó Baltasar, viendo desaparecer a su hijo sin dar tiempo a la réplica, a la protesta, a la objeción, al ruego, al alarde de indiferencia, al movimiento de arrogancia, a la risa desdeñosa, a cualquier acto que demostrase que no le ponía miedo el repentino sofoco. Sintiose Baltasar como atornillado al asiento: esta inmovilidad es uno de los primeros fenómenos del miedo, que suele cortarla respiración y paralizar las piernas… Oyó el ruido de la puerta de la ante sala que se cerraba de golpe, y el perrillo canelo, que había despedido al compañero con ladridos de furia, regresó moviendo la cola, y saltó al diván para encaramarse a los hombros de su amo y lamerle afectuosamente las orejas; y la caricia del animal y el silencio de la habitación y la butaca que había dejado vacía el tipógrafo, le pareció a Baltasar que tenían algo de trágico en aquel instante…

Baltasar Sobrado, el antiguo seductor de Amparo la cigarrera, el militar retirado, el vividor sibarita, el ávido negociante, no era le que se llama un cobardón. Aunque los derroches de vitalidad a que le arrastraba su condición mujeriega le hiciesen parecer más viejo y gastado de lo que era realmente, no carecía de lucidez, ni de sangre fría ante los peligros. Había estado en campaña, había oído las descargas y asaltado trincheras. En el crítico trance en que le ponía el compañero, Baltasar no perdió el discernimiento, ni se ofuscó su razón. Tal vez esto mismo contribuyó a ablandarle. En rápida asociación de juicios y de ideas, vio que los argumentos del socialista eran perfectamente lógicos. Al renunciar a la dinamita, al bárbaro desahogo de los explosivos, el mozo demostraba que no le guiaba un impulso ciego, un conato irreflexivo de destrucción, sino un cálculo certero, de jugador que arriesga la cabeza para ganarlo todo de un golpe. Era la combinación hábil y exacta; y la determinación, hija, por decirlo así, de una desesperación que espera, revelaba una tensión de voluntad que debía conducirle a la victoria. Para Baltasar, encenagado en todos los placeres; acostumbrado a regalar y festejar a su cuerpo; cincuentón, pero sano aún; para Baltasar, rico, poderoso, dichoso, era perder infinito perder la amable vida. Para el compañero, para el granuja de la calle, sin nombre, sin un real, la muerte, si no fuese grata, no podía ser horrenda. El tipógrafo sabía lo que se hacía, y Baltasar, dando vueltas en su cabeza al problema planteado, no encontraba medio de librarse de su hijo.

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