Memorias de Un Solterón: Adán y Eva

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El gobernador no se había vestido aún para almorzar, y Neira le encontró de batín de pana verde entreabierto sobre la camisa con chorrera de encaje -afeminado atavío que hizo pasar por las venas del desdichado padre un escalofrío de repugnancia y de ira. Sucede que si menudencias semejantes, en las personas que amamos, provocan interiores efusiones de ternura, efluvios de simpatía, una corriente de odio puede brotar de cualquier rasgo físico de las que detestamos. El cariño y el aborrecimiento se alimentan de todo. Neira, en aquel instante, creía aborrecer especialmente, no al gobernador, sino a la suave chorrera y al bien cortado batín. ¡Qué sentimiento tan extraño en Neira aquel odio sañudo, que serpeaba como veta de azogue por sus manos, haciéndolas temblar! ¡Qué catástrofe moral la que, por breves instantes, comunicaba el temple del hierro a un alma tan afectuosa, tan mansa, tan cristiana! Disimulando la extrañeza y un vago recelo… Mejía se levantó, y fue solícito y afable, a atender a Neira.

El departamento en que Mejía acostumbraba recibir en confianza, era un vasto y clarísimo gabinete, con vistas al muelle y al mar y gran alcoba interior; estas dos piezas las había arreglado con coquetería mundana, procurando que se distinguiesen del resto de la residencia oficial, donde abundaban los papeles a grandes dibujos rameados de oro, los estrados y colgaduras de damasco carmesí, las alfombras de terciopelazo, los relojes alegóricos y las arañas de vidrio. Mejía, en su refugio, vistió las paredes de una tela clara, sencilla y barata, pero de gracioso dibujo oriental, y sobre franela escarlata montó dos panoplias, una de pintorescas armas joloanas, y otra de pistolas, escopetas de caza y floretes modernos de ensayo y duelo, entreverados con guantes, petos y caretas.

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