Explore "Una Cristiana" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Bajamos al jardín: la tarde caía ya, y no venía mal la brisa fresca para despejar las cabezas acaloradas. Yo creía no tener ni sombra de lo que por borracheras se entiende: y sin embargo atribuí el extraño peso que notaba en el corazón, la infinita melancolía que se apoderó de mí, a los efectos del vino, que a veces producen ese doloroso tedio, cayendo en el alma como piedras en la hondura de un pozo. Aquella gente alborotada, alegre, bromista, que tomaba la boda como un fausto acontecimiento, me producía no sé qué fastidio y aborrecimiento inexplicable: parecíame no haber tropezado nunca con personas tan antipáticas. Se esparcieron por la finca gozando y riendo, y yo procuré quedar a solas con mis negros pensamientos y mis lúgubres ideas. La imaginación se me ponía más negra cada vez, como si alguna enorme desventura pesase sobre mí. Dirigime por instinto a lo más retirado de la huerta, y abriendo la puertecilla carcomida que comunicaba con el soto, la crucé con ímpetu, hambriento de silencio y soledad. Una voz clara y enérgica pronunció: «¿A dónde va usted, caballero Salustio?». Y en voz y frase conocí al Padre Moreno. El fraile estaba sentado en un banco de piedra, apoyado contra la tapia, y leía en un libro, ocupación que suspendió al verme.
-Aquí me vine -dijo- buscando un sitio a propósito para hacer mis rezos de costumbre. Ya estaba concluyendo. Y usted… ¿se puede saber si también sale de la huerta para rezar?