Explore "La Prueba" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
El día llegó por sus pasos contados, después de los trámites inevitables de toda convalecencia: el ala de pollo, devorada con placer y golosina; el sopicaldo frecuente; los paseos por la casa, realizados por países nuevos; y después de ejecutar tantas acciones indiferentes con la ilusión que ya no producen cuando son actos de la vida diaria, el alta, el regreso al mundo de los sanos, que, en vez de júbilo, causa inexplicable melancolía, análoga quizás a la del navegante que después de haberse acercado al puerto seguro, se arroja otra vez al Océano. Permitiéronme salir a la calle embozado en mi capita, a las horas de sol, de ese generoso luminar madrileño, alivio de los achacosos, alegría de los vagos y consuelo de los tristes. Una mano desconocida, sin duda la piadosa diestra de la tití, había descolgado de la pared de mi cuarto el espejo, para impedirme que comprobase lo que los médicos llaman el hábito exterior de la enfermedad. Con el alta volvió el espejo a su clavo, y cuando me vestía, pude echar una ojeada a mi coram vobis. La ropa me revelaba un estirón en mi persona, y la azogada luna me dio otra noticia más sorprendente, demostrándome que se había cumplido el ciclo de mi desarrollo físico y realizádose la plenitud de mi ser.
Era una especie de vegetación suave, pero tupida, que me guarnecía el mentón, dando a mi fisonomía aspecto tan nuevo, que apenas me reconocí. ¡Barba, Dios mío, barba! ¡El signo de la dignidad viril; el noble atributo de la hombría de bien; el fenómeno que señala el pleno ritmo de las funciones fisiológicas; el adorno que negó la naturaleza a las razas inferiores, oscuras y salvajes; el símbolo de la lealtad; el distintivo de la aristocracia en sus orígenes; aquello que se les repelaba a los traidores, y por que juraban los caballeros sin tacha, como sobre sagrada reliquia!