Explore "La Prueba" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
La señora que daba reuniones vivía en el primero de la casa de mis tíos. Era viuda de un Subsecretario, y allá en sus mocedades hubo de presumir de elegantona y peripuesta; hoy tenía el pelo blanco, las formas rozagantes, corva la nariz, el continente entre severo y meloso, y todas las pretensiones cifradas en sus dos pares de niñas, muchachas del género insulso, nerviosas y linfáticas, de estas cuya inutilidad e intolerable sosera son fruto combinado de la vida anodina, la deficiencia de instrucción, la estrechez de miras y la frivolidad. «De la cabecita de esas cuatro pollas no se saca para hacer un frito de sesos», afirmaba Luis. Las señoritas del primero eran prueba viviente de que andaba acertado mi amigo al insistir en la necesidad de crear una mujer nueva, distinta del tipo general mesocrático. ¿Quién podría sufrir la vida común con semejantes maniquíes?
Pasábanse todo el día de Dios en la ventana, ya entre cristales, ya con el cuerpo fuera. Cuando no estaban así, en postura de loritos, martirizaban el piano, revolvían figurines, charlaban de modas, leían revistas de salones para husmear las bodas y los equipos de la gente encopetada, criticaban a sus amigas, fisgoneaban quién entraba y salía en casa de los vecinos, se miraban al espejo o daban vueltas a sus sombrerillos y trajes. A falta de otro género de doctrinas y conocimientos, su madre les inculcaba ideas de nimia corrección social, explicándoles día y noche lo que era bien visto y mal visto, lo que podían hacer y lo que no podían hacer unas señoritas; y a aquellas criaturas, capaces de establecer comunicación telegráfica con el primer mequetrefe que pasase por la acera fronteriza, les parecía tan imposible ir solas hasta la esquina de la calle, como en ferrocarril a la luna. A falta de su madre -que padecía un principio de estrechez valvular, y no podía andar mucho a pie- las acompañaba una criada zafia y descaradilla, y con tan excelente rodrigón, ya se atrevían las muchachas a salir a compras, a misa, a casa de las amigas de confianza, mientras todas cuatro, juntas, pero sin la maritornes, no se hubieran determinado ni a tomar un carrete de hilo en la tienda de enfrente.