Pascual López by Emilia Pardo Bazán — Read

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Aquel año me parecían interminables las antes tan suspiradas vacaciones, a pesar de que mis padres me recibieron, sin metáfora, como al hijo pródigo, matando una rolliza ternera e invitando a parientes y deudos al homérico banquete que se dispuso con los restos del pobre animal. Mas yo estaba en brasas. Me parecía que trascurriera un siglo desde que no hablaba con Pastora. Las diversiones rústicas, las fiestas y romerías me enfadaban; mi deseo era llegar cuanto antes al mes de octubre. Próximo ya éste, avínome un suceso que redobló mi impaciencia; y fue que me atacaron perniciosas calenturas, de carácter tercianario, con las cuales postrado y doliente no fue posible que hasta principios de noviembre soñase en el viaje. Al cabo me dieron de alta, y aunque amarillo, chupado y hecho un espíritu, me faltó tiempo para tomar el camino de la escolar ciudad. A medida que iba ganando terreno y respirando nuevo y distinto ambiente, me parecía que la vida tornaba a mi debilitado organismo. Sentía el torrente de la sangre, más tépido y apresurado, girar por mi cuerpo; cobraban elasticidad mis miembros, mi cabeza regía sosegada y firme, y, cerrados los ojos, en un ángulo de la diligencia, saboreaba las gratas sensaciones del que resucita. Mil deleitosas quimeras, mil confusas aspiraciones se agolpaban a mi cerebro; quería vivir, quería gozar. Como nos acercásemos a Santiago, miré por las ventanillas, y el paisaje más monótono que risueño, y el agudo soplo de fresquecillo de una tranquila tarde de noviembre, que vino a herir mi epidermis, me produjo un estremecimiento de júbilo y entusiasmo. Me apeé en los arrabales, antes de llegar a la parada y eché a andar con paso ligero, sin dirección fija. Bajaba el día ya; el sol poniente doraba con mágicos tornasoles los campanarios de las iglesias, y en especial uno que descollaba entre todos, unas torres gallardas, afiligranadas, esbeltas. En mi vagabunda carrera, atraído por aquellas torres, fui a parar a la catedral.

Entré. Pocos fieles oraban en las naves solitarias, por las cuales se extendía vago perfume de incienso. Los negros confesonarios parecían otros tantos inmóviles centinelas; un rayo de sol, casi moribundo, iluminaba el magnífico pórtico de la Gloria, colocando aureolas de rojiza y desmayada luz sobre las cabezas de piedra de los bienaventurados. Bajo el elegante y atrevido pilar que sostiene el tímpano, la estatua del arquitecto Mateo, de hinojos sobre las losas, continuaba su eterna oración. En el lejano altar, ya invadido por la sombra, se percibía la melancólica imagen de la Virgen de la Soledad, rodeada de morenos ángeles, cuyos cuerpos, en la penumbra crepuscular, parecían dotados de vida y movimiento. Caminé hasta las gradas, arrodilleme, y fervorosamente di gracias a Dios que me había conservado la existencia y devuelto la salud. Me distrajo de mi plegaria una forma gentil, presente siempre a mi imaginación, cuya proximidad entonces me revelaron los sentidos, pues la vi cruzar por detrás de las columnas que dividen la nave. Levanteme, y la seguí a distancia; se retiraba ya, pues pasó ante el altar mayor haciendo una genuflexión y un signo de cruz. Tomó el camino para salir por la puerta que da a la Quintana, y al pasar ante la pila del agua bendita, la vi humedecer sus dedos, sacudirlos y santiguarse de nuevo. Vehemente tentación me impulsaba a ofrecerle el agua yo mismo: supe contenerme, pero no me eximí de alzar la gruesa y pesada cortina de cuero que pende ante la puerta de salida.

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