Pascual López by Emilia Pardo Bazán — Read

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Era Pastora completamente distinta de todas las mujeres (no muchas ni muy selectas) que había yo tratado. No se advertía en ella el descoco y presunción de mis parejas en los estudiantiles bailes, ni menos la rustiquez zahareña de mis montañesas hermanas y compañeras de infantiles juegos. Finilla y dama por naturaleza, se mostraba al familiarizarse sencilla y alegre como paloma; y aun no le faltaban unas miajas de malicia, destinadas a templar gratamente la demasiada pureza de las líneas de su rostro, parecido al de una Virgen de cera. Tal infantil malicia endulzaba, a la vez, la excesiva corrección y regularidad del semblante, y la perspicacia extraordinaria del entendimiento; porque tenía Pastora un juicio tan vivo y claro a veces, y formulaba unas sentencias, que mal año para Séneca y cuantos maestros de filosofía produjo la antigüedad. Lo mejor del caso consistía en que no sacaba Pastora su ciencia de ningún libro, como no fuese del Año Cristiano, de la Leyenda áurea o del Catecismo explicado del padre Mazo, únicos que en su poder vi; pues ni aun a las delicadezas místicas del Kempis se atrevía su biblioteca. De suerte que hay que creer que el recto discurso de Pastora nacía de una natural luz, propia de su alma, que muy brillantemente alumbraba su criterio. Yo confieso mi pecado: algunas veces, en presencia de Pastora, sentíame poseído de una impresión singular: antojábaseme que, aunque nuestras sillas se tocasen y la estameña de su hábito rozase el paño de mi capa, en realidad Pastora estaba lejos, muy lejos, allá en unas cumbres muy altas que yo escalar no podía. Borrábase esta aprensión, cuando alguna de las inocentes chiquilladas de los dieciocho años brotaba de sus labios, más rosados que las conchas que contrahacían flores en la urna de la Divina Pastora.

Nada menos semejante a una hija de la civilización que aquella futura monjita. Jamás respiraron sus pulmones, hechos al grave perfume del incienso, la atmósfera turbia y malsana de los bailes de San Agustín, ni el polvo sofocante de la Alameda en un día de música; jamás tapó su cara virginal el antifaz encubridor que al velar el rostro rasga el velo de la vergüenza; jamás deshonró su peruginesca cabeza, moño ni perifollo alguno, ni más afeite que la clara linfa de las fuentes, con que alisaba el sedoso cabello; jamás trocó por manto de blonda la graciosa mantilla de tira, de terciopelo y paño, que tan bien sentaba al óvalo de su faz, realzando con el contraste lo delicado de su cutis; jamás afeó su cuerpo traje a la moderna con pabellones, volantes o lazos, sino el ceñido hábito de lisa falda y plegado corpiño, que dibujaba con púdica reserva las ondulaciones de su ligero y garboso talle. Es cosa bien llana que los estudiantes, que tienen ojos de lince para atisbar a las muchachas bonitas, no dejarían de haber rondado a la sobrina de don Vicente; pero así paró ella mientes en los galanes que acechaban su ida a misa y a la novena, como en las habitantes de los antípodas. No existía en Santiago alcázar más inexpugnable que el del recato de Pastora, ni cosa más proverbial que su recogimiento y modestia: buena prueba de ello era el que juntas hubiesen llegado a mí, caminando por no muy comedidas bocas, la nueva de su honestidad y la de su hermosura. Así fue que al pronto no me atreví yo a cortejarla declaradamente. Me presenté tímido, respetuoso, rendido y prendado: y no sin orgullo vi que iba ablandándose aquel corazoncito y resbalando aquella voluntad por la pendiente florida y suave a que yo la atraía.

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