Doña Milagros by Emilia Pardo Bazán — Read

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En la pila bautismal me pusieron el nombre de Benicio. Por el lado paterno llevé el apellido de los Neiras de Villalba, pueblo digno de eterno renombre, donde se ceban los más suculentos capones de la Península española. En el escudo de mi casa solariega, sin embargo, no campean estas aves inofensivas, sino un águila coronada y un par de castillos de sable sobre campo de gules. Tales zarandajas heráldicas no impidieron a mi padre, el mayorazgo, casarse con la hija de un confitero y chocolatero natural de Astorga, establecido en los soportales de la Plaza de Lugo. Era mi padre (Dios le haya perdonado) algo antojadizo y terco y bastante libertino; y como la recia virtud de mi madre no consintió rendirse a sus asaltos, a contrapelo de toda la familia la hizo su esposa.

Yo creo que en tan desigual enlace quien salió perdiendo fue la confitera. Poseedora de las cualidades morales que faltaban a su marido; hacendosa, recta y cristiana a carta cabal, mi madre vivió sola, despreciada, maltratada y faltándole cariño, consagró el suyo entero a mi hermana y a mí. Digo mal: yo fui el preferido, el único amado tal vez, porque mi hermana, que pecaba de intrigante y chismosuela, fue desde pequeñita el ojo derecho de mi padre. Mi niñez corrió triste, viendo a mamá esconderse para llorar por los rincones de la casa, y echándome a temblar cuando papá gritaba y maldecía y soltaba cada terno que se venía abajo la bóveda celeste; pues una de las peores mañas del autor de mis días era jurar como un carretero desde que abría la boca; y recuerdo que mi madre me inculcó el odio a tan feo vicio, hasta hacerme caer en el extremo de considerar los juramentos, las blasfemias y las palabras soeces como el mayor y más estúpido pecado que puede cometer el hombre.

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