Explore "Doña Milagros" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Creo que ha llegado el momento de decir cuál era el estado de mi familia, o más bien la de mi tribu, cuando bajó del desván la ya arrumbada cuna. Me vivían entonces diez retoños; seis estaban en el cielo. Por mandato de Dios, y ejecutando sus inescrutables designios, la muerte se había cebado en los varones, dejándome casi todas las niñas. Para nueve damas, sólo tenía un galán. Aunque en el curso de estas páginas irá apareciendo mi prole, trazaré una especie de índice cronológico de sus individuos.
Debe decir en elogio de mi hija mayor, Gertrudis o Tula, que poseía las dotes de gobierno de su madre, y aun aquella misma índole suspicaz y algo avinagrada. En lo físico era también muy semejante a Ilda, pero faltábale la beldad correcta y majestuosa que me había hechizado algunos lustros antes. Tenía de mi Ilduara la curva nariz y los ojos grises, el talle recto y las formas angulosas, y su rostro ofrecía semejanzas con la agorera y meditabunda faz de una lechuza. Clara, la segunda, a quien Tula llevaba lo menos cuatro años, ofrecía el mismo tipo, que, según oí decir a un amigo entendido en ciencias de estas de moda, es el de la raza sueva, de la cual se conservan en Galicia muy caracterizados ejemplares: rubia, alta, seria, nariz de caballete, ojos claros, bastante linda; pero no tanto como la que la sigue, María Rosa, en la cual (sin vanidad) prevalecía el tipo paterno; y con no ser el papá ningún Adonis, ella había salido una muchacha notable, fresca como las flores -por lo cual la llamamos Rosa a secas. Dentro de la diversidad de gustos que inspira los juicios humanos, podía no obstante discutir si la palma de la hermosura, en mi descendencia, tocaba a mi tercer hija o a la cuarta, María Ramona. Rosa tenía en su abono el esplendor de la tez, la perfección y la irreprochable plástica de su cuerpo pero la belleza de María Ramona llegó a ostentar un carácter tan expresivo y tan dramático, que era imposible mirarla con indiferencia. Para especificar el mérito de María Ramona, diré con qué mote la conocíamos. Siendo niña aún, el Penitenciario de Lugo, admirado de su cara pálida y perfecta como la de una imagen, y de sus ojazos guarnecidos con una rejilla de pestañas que parecían plumas de cuervo, la llamó Argos divina, nombre que un librote del siglo pasado da a la Virgen del camarín de la Catedral, más conocida por Nuestra Señora de los ojos grandes.