Explore "Doña Milagros" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Tenía muy mal naipe. Generalmente, al final de la temporada me encontraba con un mediano déficit en los escasos fondos que para el bolsillo me otorgaba mi prudente esposa. La cual era dueña absoluta de la llave de la gaveta, o dígase de la cómoda donde guardábamos el dinero… Costábame trabajo confesar mis pérdidas; y por eso (lo escribo con rubor) me reservé el importe de ciertas pensiones que se me abonaban por conducto de un procurador amigo mío, a fin de poder asegurar a Ilduara que habíamos salido de la temporada pie con bola. Asusta pensar de lo que hubiera sido yo capaz, a dominarme otras pasiones menos inocentes que la del tresillo. La ocultación de las pensiones demuestra que no es oro todo lo que reluce en mi hombría de bien.
Hacía ya un mes que la cuna había vuelto a salir del desván, y, limpia de telarañas, ocupaba un rincón de nuestra reducida alcoba, cuando mi esposa dio en mostrarse peor humorada que nunca, y en renegar de su estado, que ella afirmaba no haber sido jamás tan penoso, quejándose de síntomas extraños, de inusitado peso y volumen, de raras perturbaciones y de anormales sufrimientos. Por esparcir mi ánimo acongojado, frecuenté más la Sociedad de Amigos, y justamente entonces apretó mi mala suerte en el juego. Racha tan fatal, no la recordaba nadie. Me vi en la precisión de confesar a mi mitad las reiteradas pérdidas. Solía Ilda ponerme como un trapo en ocasiones semejantes; pero observé con sorpresa que prefería verme salir y jugar, a que me quedase en casa, asistiendo a la tertulia que formaban mis hijas con la vecina del principal y los del tercero de la derecha. Aprovechando benignidad tan desusada, me cebé en la partida con el afán del desquite, que así acudía al febril ruletero, como al morigerado tresillista.