Doña Milagros by Emilia Pardo Bazán — Read

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El epílogo de mi historia con doña Milagros coincidió con muy importantes acontecimientos para mi familia. Perdí a dos hijas casi al mismo tiempo… Clara, acompañada del Penitenciario, salió hacia Compostela dispuesta a que ciñese su frente la toca de las novicias. Y Tula, ¡nada menos que Tula!, con toda su severidad, su acritud, sus principios de orgullo y sus altivas frases fielmente calcadas en las de mi pobre esposa… , cogió al aguilucho de la familia y lo chapuzó… ¿dónde diréis que chapuzó al mísero pajarraco? ¡En la bacía del barbero Redondo! Sí: con el hijo del rapista, con el pintorcejo de puertas y ventanas fue con quien Tula se resolvió a renunciar a su honesta soltería, y a entrar en el amor y el matrimonio, paraísos desconocidos para ella hasta entonces…

Me avergüenza esta página. Quiero pasarla por alto o punto menos, corriendo un velo sobre el error de una doncella a quien tuve, no solamente por recatada e invencible, sino por preciada de su calidad y deseosa de conservar siquiera el prestigio de un distinguido nacimiento… Los chismes de Feíta no habían hecho mella en mí; juzgué que eran invenciones de aquella cabeza caliente y destornillada… La caída de Tula me recordó que el hambre de amor, como la obra, hace olvidar las facticias jerarquías sociales, y conduce a la más democrática igualdad, a la nivelación más absoluta… Bajo el impulso de esta necesidad, apremiantísima; bajo la fuerza de esta ley, todo lo convencional desaparece, y sólo quedan en pie Adán y Eva, la primitiva pareja del Edén, el varón y la hembra atraídos el uno hacia el otro merced a instintos que a veces ni saben definir… Tula no encontraba su media naranja, y se moría por dar con ella, hasta que se la brindó la embadurnada mano del vástago del rapabarbas. Y verla y asirla fue todo uno.

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