Explore "La espuma" by Armando Palacio Valdés on Textopian. Read with annotations and highlights.
El duque de Requena había dado la última sacudida al árbol. La naranja cayó en sus manos dorada y apetitosa. En un momento dado sus agentes de París, Londres y Madrid adquirieron más de la mitad de las acciones de Riosa. La gerencia vino pues a sus manos, o, lo que es igual, la mina.
Algunos habían sospechado ya el juego; se resistían a vender, sobre todo en Madrid, donde el carácter del banquero era conocido. A no apresurarse a dar el golpe decisivo, seguramente las acciones hubieran subido. Llera olfateó el peligro y dió la señal de avance. ¡Qué día más feliz para el asturiano aquel en que se recibieron los telegramas de París y Londres! Su cara angulosa resplandecía como la de un general que acaba de ganar una batalla. Sus largas, descomunales extremidades se movían como las aspas de un molino, al dar cuenta del suceso a los hombres de negocios que había acudido a casa del duque en demanda de noticias. Fluían sonoras, homéricas carcajadas de su pecho levantado de esternón como el de un pollo: abrazaba a los amigos hasta asfixiarlos, y cuando el duque le dirigía alguna pregunta respondíale con cierto desdén desde la altura de su gloria. Y sin embargo, en aquel colosal negocio, él no llevaba ni un medio por ciento. Ni una sola peseta de tantos millones de ellas como iban a salir por la boca de la mina, vendría a caer en sus manos. ¡Pero qué importa! Sus cálculos se realizaban, aquella intriga seguida con sigilo, con perseverancia, con maravillosa actividad y talento llegó al desenlace apetecido. Su alegría era la del artista que triunfa, comparados con la cual todos los goces sórdidos de la tierra no valen un comino.