Explore "La espuma" by Armando Palacio Valdés on Textopian. Read with annotations and highlights.
Algunas semanas después, la enfermedad de Doña Carmen se agravó extremadamente. Ya no cabía duda a los médicos de que su fin estaba muy próximo. La postración era absoluta. No le quedaba en el rostro más que la piel y sus grandes ojos tristes y benévolos que se fijaban con extraña intensidad en cuantos se acercaban a ella, cual si tratase de leer en las fisonomías el terrible secreto de su muerte. Con tal motivo asomaban la cabeza mil pasiones sórdidas en el alma de los que más debieran tenerla atribulada. Salabert pensaba con disgusto en la herencia que revertía a su hija. Hizo nuevos esfuerzos para que su esposa revocase el testamento, pero inútilmente. Por primera vez en su vida Doña Carmen daba señales de gran firmeza de carácter. Aunque incapaz de vengarse había tal vez en su empeño cierto deseo de terminar la existencia con un acto de justicia. Una vida de completa sumisión, sin oponer el más mínimo obstáculo a la voluntad de su marido, a sus planes económicos, ni a sus pasiones ilícitas, bien merecía que a la hora de la muerte reivindicase su libertad para satisfacer los impulsos del corazón. Osorio espiaba silenciosamente, con disimulada ansiedad, los progresos de la enfermedad, cuyo desenlace arrastraría consigo a la vez el término de sus apuros. Doña Carmen se desprendería de su envoltura carnal y él de sus acreedores. La misma Clementina, objeto predilecto de la ternura de la angelical señora, no podía menos de gozar con la perspectiva de tanto millón como iba a caer en sus manos. Procuraba sofocar sus deseos, apagar la impaciencia; mas a despecho suyo un diablo tentador hacía brincar su corazón de gozo cada vez que tal pensamiento le acudía al cerebro.
Con astucia infernal, Salabert hacía lo posible por introducir la desconfianza en el ánimo de su esposa. Unas veces de un modo solapado, otras cínico y brutal, vertía en su alma el veneno de la sospecha.