Explore "El Mandarín" by José María Eça De Queiroz on Textopian. Read with annotations and highlights.
Aquella mañana, dos lazaristas que se dirigían a Tien-Hó, me habían encontrado desmayado en el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot, era ya tiempo; porque alrededor de mi cuerpo inmóvil revoloteaba un negro semicírculo de esos enormes cuervos de Tartaria, contemplándome con gula.
Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fué grande el regocijo de la comunidad cuando supo que yo era latino, cristiano y súbdito de los Reyes Fidelísimos. El convento forma allí el centro de un pequeño pueblo católico, apiñado en torno de la maciza residencia como un caserío de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde los primeros misioneros que recorrieron toda la Mandchuria. Porque nos hallábamos en los confines de la China. Más allá está la Mongolia, la Tierra de las hierbas, inmenso prado verde obscuro, bordado de flores silvestres. Allí se extendía la inmensa planicie de los nómadas.