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Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeñada entre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que la caracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente la atención pública. Los duelos entre personas de las clases más elevadas, era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los que participaban también los amigos y servidores de los principales contendientes. Sin embargo, después del encuentro que dejo reseñado, circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Era imposible ocultar a los parientes de las víctimas la muerte de sus deudos.
Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en los términos más enérgicos por el gran Canciller, en el cual se decía que habiendo tomado aquella práctica proporciones inusitadas, quedaba prohibida bajo rigurosas penas, a excepción de ciertos casos contados y gravísimos. Envié un mensaje de pésame al Duque y recibí de él cortés y amistosa respuesta; porque es de notar que ni él ni yo podíamos jugar a cartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir una concordia que hasta entonces había engañado al público.