Honor de Artista by Octavio Feuillet — Read

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Cuatro meses han transcurrido. Nos encontramos ahora en París, bulevar Malesherbes, en casa de la madre de Mariana de La Treillade, o, mejor dicho, de Mariana misma, quien tiene sus amiguitas personales a quienes recibe con entera independencia para "charlar", según vocablo de su predilecta devoción. Y, en efecto, charla en esos propios instantes a más y mejor en amor y compañía de su inolvidable institutriz miss Eva Brown, de la gentil millonaria norteamericana miss Ketty Nicholson, de petrolesco olor, según detenidas observaciones de Pierrepont, sin que falte en el arcangélico coro aquella por siempre famosísima señorita de Chalvin, que se encabritaba como un caballito resabiado, según confesión de su misma interesante mamá, cuando en algo se le contrariaba. Estas señoritas, que se habían hecho amigas en los Genets, vuelven a encontrarse en París con recíproco placer de todas. Todas son elegantes, todas son bonitas, todas son muy blancas, la institutriz de marras inclusive, que, además de muy blanca, es muy sonrosada, ¡una manzanita! ¡Pero aventaja a todas también ese diablillo de Mariana! ¡Mariana! de puro rostro oval, mate blancura, grandes ojos en que voltejea la ironía y pequeños dientes de roedor.

Mariana se encontraba ya en París cuando el matrimonio de Beatriz, e historiaba a sus adorables amiguitas aquella ceremonia. Efectuóse en la iglesia de Passy, y Beatriz había querido que fuera muy sencilla a causa de su luto y de las pasadas desgracias de familia: además, hubo poca gente a causa de la estación, mediado de octubre, en que todo el mundo elegante está aún fuera de la gran ciudad. Sin embargo, Mariana había notado que entre los concurrentes había mucho cursi y conjeturaba magnánimemente que debían ser parientes del desposado.

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