Explore "La Montálvez" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Como el tiempo no pasa sin mudar la faz de las cosas, cuando volvió a su patrio hogar la colegiala no dejó de hallar en él cambios y mudanzas que la sorprendieron. Su madre tenía «achaques», y achaques graves, según ella decía, apostándoselas al médico, que no mostraba gran empeño en contradecirla. Estos achaques no la impedían frecuentar los salones de «su mundo», ni la obligaban a tachar un solo renglón de su larga lista de compromisos sociales, ni se revelaban, "a cierta distancia", en su cara frescachona ni en su apostura garbosa y elegante; pero es indudable que los tenía, y muy hondos; achaques de matrona presumida, bien sufridos y mejor tapados con heroicos esfuerzos de la voluntad y buen acopio de sonrisas y menjurjes.
No fue esto un hallazgo, en todo el rigor de la palabra, para su hija, que ya barruntaba algo de ello por las últimas cartas de la marquesa y la propia observación en las dos visitas que la había hecho en el colegio. Harto más se admiró al convencerse de que la inusitada dulzura con que su madre la había tratado en París, y que ella tomó por disfraz de añejas y naturales esquiveces, antes crecía que se agriaba en las intimidades de la vida doméstica; y todavía fue mayor su asombro cuando supo, por testimonios fidedignos, que la modificación genial de la marquesa, en lo referente a este grave punto, databa de la misma fecha que los achaques. ¿Cómo lo que de ordinario sirve para exacerbar los humores y despertar las impertinencias, y hace inaguantables a las gentes que son desabridas por naturaleza, había producido en aquel "ejemplar" el efecto contrario? No podía averiguarlo Verónica. Lo importante para ella era el hecho, y el hecho bien a la vista estaba.