La Montálvez by José María de Pereda — Read

Explore "La Montálvez" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.

Si el marqués pudo darse cuenta de que se moría cuando se estaba muriendo de veras, y si, penetrado de esta idea, se conceptuaba relativamente dichoso, porque le sorprendía la muerte en la más alta y esplendorosa ocasión de todas las ocasiones de su larga y aprovechada vida (muerte de guerrero ilustre, sobre el campo de batalla y bajo una balumba de gloriosos laureles), cosas son muy difíciles de averiguar; pero que si, después de muerto, se le hubiera permitido recobrar la vida para contemplar la despedida que le hicieron sus deudos y amigos, otra explosión de su vanidad hubiera vuelto a quitársela de repente, desde luego puede afirmarse, conociendo, como conocimos nosotros, aquella naturaleza que se nutría de oropeles y se emborrachaba con relumbrones. ¡Tales y tantos fueron los que se consagraron a honrar su memoria entre los vivos!

No cupo mayor pompa en el escenario en que se representan esas farsas en honor de las notabilidades de alquimia, y todo se hizo ajustado al más solemne y ostentoso ceremonial: la exposición del cadáver en la "capilla ardiente", entre largos blandones y negras colgaduras de tosca bayeta; el triste clamóreo de la prensa periódica rindiendo «el último tributo de justicia al "prócer" insigne, al varón íntegro, al padre amoroso, al ciudadano ejemplar, al celoso representante de la patria, al protector generoso de las artes y de las letras, al orador de honrada palabra», etc., etc., y haciendo la pintura de su muerte inesperada, con descripciones minuciosas de lugares y accesorios, y con glosas y comentarios de los elogios que momentos antes del triste suceso habían dedicado al aún vivo personaje los hombres más «conspicuos» de la política, de las armas, de las letras y de la banca; el simbólico catafalco, cargado de emblemas y atributos, tocando casi en las bóvedas del templo, entre una hoguera de luces sobre ricos y enormes candelabros; las naves atestadas de «mundo»: allí los vistosos uniformes de las más altas jerarquías políticas y militares; allí la severa etiqueta civil, las gentes de la aristocracia y de los «salones elegantes», y allí, en fin, en apretados grupos, las matronas del «gran mundo» ricamente ataviadas de negro, con la mirada repartida entre el devocionario y la concurrencia, agitando maquinalmente los abanicos mientras, desde el coro, llenaba de resonantes armonías los ámbitos de la iglesia, la mejor capilla de Madrid.

Reading navigation