La Montálvez by José María de Pereda — Read

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La marquesa llegó a Madrid hecha una lástima; pero el marqués, como si nada le hubiera pasado. Algo claudicaba del lado derecho, reparándole bien, y se le torcía la boca al sonreírse, y un tanto desmemoriado se encontraba en lo tocante a fechas y nombres propios; pero este levísimo rastro de su pasado accidente se borraría muy pronto, como se habían ido borrando otras huellas, harto más hondas, del propio mal.

De muy distinto modo lo veía su hija, que, aun sin lo advertido por los doctores de Spá, tenía en su buen entendimiento la luz necesaria para no engañarse; y con esto, y con la evidencia de que el estado de su madre era gravísimo, también; con las tristes deducciones que le resultaban de estas innegables premisas; la relativa soledad en que se encontraba en Madrid, a donde los apuntados sucesos la habían obligado a volver antes de lo calculado, y, por consiguiente, hallándose todavía rodando fuera de la patria todos los amigos de «su mundo»; la negrura de los espacios a que la condujeron sus cavilaciones pertinaces, y, ¿por qué negarlo?, hasta la ausencia del único hombre de fuste que en aquel caso pudiera ser para ella un prudente consejero, y cuanto en este hilo de su discurso fue ensartando la mano de Satanás, porque otra más honrada no podía complacerse en hacer un rosario tan largo y de tan fríos desalientos, llegó a apoderarse de la infeliz una verdadera melancolía; siendo muy de notar que antes se le aumentaba que se le disminuía con los cálculos risueños y los propósitos mundanos, que eran los temas exclusivos de la conversación de los convalecientes con ella. La cual tiene abnegación bastante para declarar sin rebozo en este pasaje de sus "Apuntes", que intervenía muy poco o nada su corazón de hija en la manifestación de aquel fenómeno. No la impresionaban las ilusiones de sus padres por el contraste que formaban con su certeza de que era muy breve el espacio que las separaba de la sepultura de los ilusos, puesto que no era el dolor de perderlos lo que sentía en sus temores de quedarse huérfana a la hora menos pensada. El fenómeno era producto de un trastorno nervioso, de un estado histérico, sometido al influjo de un orden de sentimientos muy distintos: los enumerados ya, y un recelo pavoroso de lo desconocido. Su afecto de hija no profundizaba más que lo que da de sí el hábito de vivir en comunidad, no muy íntima, con otras personas. Muy poco y bien triste le parece esto a ella misma; pero tranquiliza su conciencia con la cuerda reflexión de que lo extraño hubiera sido lo contrario, con una educación como la que había recibido y unos ejemplos como los que le habían dado en su propia casa.

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