Explore "La Montálvez" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Y como don Santiago no podía levantarse de su asiento sin gran trabajo, no hubo allí quien presentara una silla a la marquesa, la cual se sentó, muy campechana (porque afortunadamente era mujer de gran correa para esos lances), en la que, entre excusas y hasta cabriolas, le ofreció el aturdido reumático desde su potro de tortura.
-- ¡Oh, señora marquesa! -- decía don Santiago, tambaleándose entre el escritorio y el sillón -- : si yo hubiera sabido., si pudiera presumir que esta casa había de ser honrada por usted y no por otra persona de su confianza, yo me habría prevenido, habría esperado, y en la sala, como es de.