Explore "La Montálvez" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Resabios de mis buenos tiempos de doncella pudorosa; algo que queda todavía en el fondo, entre las cenizas. Pues no pensaba yo que fuera tanto como para brotar al primer choque. Y ello es poco, pero molesto cuando aparece. Ya se irá apagando también., porque señales de lo contrario no deben de ser. ¡A buen tiempo!. Sin embargo, no me resignaría a que ese pobre hombre me apuntara en su libro verde con suficientes motivos. ¡Vea usted cómo puede haber un grano de arena que cierre el paso a una mujer que nunca se ha detenido delante de una montaña!. Es raro eso. Pero ¡qué criatura aquélla! Yo he visto algo semejante en el teatro saliendo por escotillón, envuelto en un sudario. Un espectro. Eso es ella, con su misma lividez y con la misma voz y el mismo miedo que infunde. Y ¡qué ojos los suyos! Me parecía que con la mirada me iba sacando todas las ignominias de mi vida para arrojármelas al rostro entre maldiciones. Y el caso es que este temor me tenía sobresaltada. De este ser no me habló Pepe Guzmán. Y será capaz de decirme, cuando yo se le mencione a él, que es un saco de virtudes; y acaso tenga razón. ¿Cómo habrán podido amalgamarse dos naturalezas tan opuestas entre sí, como la del espectro y la de su marido, para formar un matrimonio ejemplar?. Porque yo vi señales de que aquél lo es. Otro caso raro. para mí, que no sé leer más que en un libro. Lo que no ofrece duda es que hasta en las personas que se creen más despreocupadas hay un fondo sensible que llega a lo romántico. Yo lo había observado en el público que se convierte en fiera en la plaza de toros, y se enternece en el teatro con las dulcedumbres de una comedia "ejemplar".
Hoy lo he experimentado en mi propia. A poco más que me apuren, me confieso de todas mis culpas delante de don Santiago Núñez, y arrojo mis arreos mundano! a los pies de su mujer. Y ahora casi me asombro de aquella flaqueza. ¡Qué contrastes tan raros!. ¿Cuándo estará en lo suyo la pícara condición humana? Porque tampoco tiene duda que somos masa dispuesta para todo; y hasta el espectro debe de ser de la misma opinión, cuando me dijo que «el honor de las hijas depende del buen ejemplo de las madres». Me parece que fue esto lo que me dijo. Lo recuerdo bien, porque me dolió muy adentro. Otro caso raro: somos del mismo parecer el espectro y yo en lo tocante a la educación de los hijos; nos espantan igualmente los temores de sus extravíos, y usamos procederes diametralmente opuestos en el modo de vivir. Sin embargo, me parece que aquí la lógica está con ella más que conmigo. y Dios también. Pero ¿no se ha convenido en que somos «barro frágil», y en que a la edad y a las circunstancias (¡pícaras circunstancias!) hay que darles lo que les pertenece, y dispensarlas por lo que se llevan de más? Pues he ahí mi caso. Yo vivo como vivo y soy lo que soy, porque no puedo ni debo vivir ni ser de otra manera. Por este lado me arrastran las «circunstancias» y las inclinaciones, obra de ellas; y por este lado me dejo arrastrar. hasta donde me lleven. Nada de ello impide que yo reconozca las ventajas que tienen otros caminos sobre este camino mío: bien a la vista está que no cabe punto de comparación entre una madre como yo y otra madre de esas que pueden hablar delante de un matrimonio honrado, sin sonrojarse, de los secretos de su hogar, y ofrecerse a sus propias hijas por modelo de conducta. Yo no puedo hacer nada de esto, y bien sabe Dios las angustias que me ha costado hoy en casa del espectro, y las que me cuesta en la mía a cada hora, desde que vino mi hija a ella., pero ¿qué remedio tiene? El barro y las circunstancias lo piden así. y adelante con la vida hasta que no se pueda con ella. Por fortuna, o por desgracia, no voy sola por estos derroteros.»