Tristán o el pesimismo by Armando Palacio Valdés

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Araceli, la niña espiritual y aristocrática de los señores de Escudero, tocaba a la meta de sus ambiciones heráldicas. Iba a ser duquesa. Poco después de la catástrofe sobrevenida a don Germán y de su viaje misterioso, se le ocurrió al duque del Real Saludo el morirse de una apoplejía fulminante. Cuando recibió la noticia Araceli sintió que las piernas le flaqueaban; todo su cuerpecito distinguido se estremeció con un escalofrío de ansiedad y de gozo. Supo disimular, sin embargo, puso la cara larga, se vistió de negro y dio el pésame a la familia y la acompañó muchos ratos en aquellos días de tristeza. Había que verla en tales momentos, entrar y salir en las habitaciones, recibir recados, pronunciar órdenes y darse aire de pariente. Sus esperanzas no quedaron fallidas. La duquesa viuda no pensó que un sepulcro abierto la eximía de permanecer fiel a sus principios de contradicción doméstica, y otorgó el consentimiento a su hijo, realizando así contra el duque un acto de oposición de ultratumba. Se dejó transcurrir por respeto un plazo de seis meses. Comenzaron al fin los preparativos de la boda. Sin embargo, hubo en ciertos instantes temor de que ésta zozobrase al tratarse la cuestión de intereses. La duquesa sólo ponía a disposición de su hijo una renta de treinta mil pesetas, que era lo que le correspondía por herencia de su padre. Escudero, hombre exactísimo, metódico, ordenado, manifestó que en ese caso él daría a su hija otro tanto. Pero estas cantidades no bastaban para que el joven matrimonio viviese con arreglo a su rango. Se trabajó con empeño para que el suegro aumentase la renta; hubo en la casa reyertas, desmayos, lágrimas en abundancia. Don Ramón consintió al fin en doblar la cantidad, pero a condición de que tal excedente se dedujese en su día de los gananciales atribuidos a su esposa en el caso de que falleciese antes que él.

Corrían ya los días precedentes de la boda. Se habían cambiado los regalos y Araceli había recibido de la sociedad elegante y de la que no lo era un bazar completo de bisutería. Los periódicos publicaron largas columnas con la lista de los objetos como si se tratase de una liquidación. «Señores de L***: neceser de viaje en piel de Rusia guarnecido de plata. -- Señor de C***: juego de tocador en cristal de Bohemia. -- Marqueses de H***: bandeja de plata repujada. -- Duquesa de N***: cajita de oro esmaltada, etc., etc.» Araceli exhibía estos chirimbolos a las visitas con singular complacencia. Sólo faltaba sobre ellos un cartoncito con el precio para que semejase por completo un almacén de saldos. Pero lo que mostraba con mayor deleite la hija de los señores de Escudero era su equipo, un soberbio "trousseau" confeccionado en París, donde sobre cada pieza se ostentaba una corona ducal, pequeña o grande, bordada en blanco o en color. Había coronas hasta sobre los paños de la cocina.

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