El sombrero de tres picos

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Hora y media después todos los ilustres compañeros de merienda estaban de vuelta en la ciudad. El señor obispo y su familia habían llegado con bastante anticipación, gracias al coche, y hallábanse ya en palacio, donde los dejaremos rezando sus devociones.

El insigne abogado, que era muy seco, y los dos canónigos, a cual más grueso y respetable, acompañaron al Corregidor hasta la puerta del ayuntamiento, donde su señoría dijo tener que trabajar, y tomaron luego el camino de sus respectivas casas, guiándose por las estrellas como los navegantes, o sorteando a tientas las esquinas como los ciegos: pues ya había cerrado la noche; aun no había salido la luna, y el alumbrado público, lo mismo que las demás luces de este siglo, todavía estaba allí en la mente divina.

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