El enemigo by Jacinto Octavio Picón — Read

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El seguir Tirso la carrera eclesiástica, fue una de esas cosas graves que en la vida del hombre se resuelven rápidamente y con escasa intervención del interesado.

Aquél don Tadeo, amigo de su padre, que por pagar una deuda de gratitud se hizo primero cargo de la educación y luego del porvenir del chico, era honrado y bueno, pero fanático en opiniones políticas y creencias religiosas. Su exceso de fe y de realismo era sincero, e indiscutible su influencia y prestigio entre los partidarios de la legitimidad y la gente de iglesia en la región que habitaba. Durante largos períodos, en los que mandó el partido moderado, conservó don Tadeo su destino en la Hacienda de la provincia y fue uno de tantos carlistas protegidos por los "polacos", quienes consideraban menor peligro atraerse partidarios del Pretendiente que transigir con liberales. Pasados algunos años, y gobernando un ministerio progresista, sus compañeros y subordinados le prepararon la terrible asechanza cuyo funesto desenlace atajaron las declaraciones de don José. El expediente o causa formado contra él no dio más resultado que su destitución; pero este hecho, que pasó inadvertido para el resto de la nación, fue en la localidad suceso importantísimo. De allí en adelante, don Tadeo quedó para sus enemigos convertido en un pobre hombre, y a los ojos de sus partidarios como un mártir: él, imaginando convertir en provecho su caída, se dedicó por entero a ser instrumento de las ideas a que siempre tuvo inclinación. La clerecía de la capital de la provincia, que en un principio le consideró como víctima, después, por su entereza, le tuvo como varón enérgico, y viendo en él un carácter dispuesto a la lucha con mayor libertad que los eclesiásticos, le adjudicó tácita e insensiblemente la jefatura. Llegó a ser lo que hoy se llama un obispo de levita, al par que jefe local de un partido. A su casa iban continuamente los canónigos de la catedral, los misioneros que con frecuencia hacían excursiones a la ciudad, los periodistas católicos y hasta el prelado de la diócesis. A juicio de esta gente, el encargarse don Tadeo de la educación y porvenir de Tirso fue un acto meritorio: pensaron que pagaba su deuda de gratitud del mejor modo que jamás lo hiciera nadie y, sobre todo, aquello de arrancar un hijo a las garras de un padre progresistón y acaso hereje, les pareció cosa admirable. Por su parte, don Tadeo no se recató de decir de don José que era una lástima que tuviera tendencias "liberalescas".

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