El enemigo by Jacinto Octavio Picón — Read

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Menudeaban tanto por aquel tiempo los presbíteros que, fugados de sus curatos, aparecían luego como cabecillas en el campo o eran sorprendidos en las ciudades sirviendo de auxiliares y emisarios cerca de las juntas del partido faccioso, que nada tenía de absurdo la sospecha de Millán: justificábala, además, el empeño de Tirso en callar el objeto de su viaje. ¿No podían haber convertido el fanatismo de aquel hombre en instrumento suyo las mismas gentes que le hicieron clérigo a espaldas de sus padres? La probabilidad de que en el momento menos pensado se presentara la policía en la casa buscando a su hermano, asustó a Pepe, temeroso de la impresión que tal lance pudiera causar en el ánimo del pobre viejo. Respecto a que Tirso diese margen a disgustos de otra índole, por proponerse la "conversión" de la familia o emprender campaña para despertar su fervor religioso, nada receló: antes era de temer, según el carácter que el cura demostraba, algún rasgo de intolerancia, exceso de celo o frase áspera que turbara la tranquilidad del hogar, porque la falsa circunspección que Tirso observaba oyendo comentar noticias de la guerra se parecía mucho al disimulo.

Desde el día de la disputa en que llamó ladrón a Mendizábal, hacía la vista gorda tocante al indiferentismo religioso que le rodeaba; pero claramente se notaba que en él no era todo prudencia, sino falta de arrojo. Pepe, deseoso de no dar pábulo a la irritabilidad de su hermano, se abstenía de chistes impíos y frases burlescas, aunque a veces se le venían a los labios, oyéndole desplegar ingenuamente la más arraigada superstición; de suerte que ambos comenzaron a fingir cierto comedimiento, a pesar del cual Pepe comprendía que la situación no era para prolongada y que la menor cosa que proporcionase a Tirso ocasión de mostrar su enojo bastaría a desencadenar una tormenta. Por su parte, el cura iba convenciéndose de que había venido a ser entre sus padres y hermanos como árbol trasplantado de pronto a distinta tierra de la en que nació. Difícil era que él arraigase allí ni pudiera vivir en paz con los suyos. Si fueran tibios en la devoción o sólo tardos en cumplir las prácticas religiosas, aún habría remedio; pero no se trataba de gente en cuyo pecho se hubiera amortiguado la fe, sino de individuos que, a juzgar por lo que Tirso veía, no la sintieron nunca. El padre carecía de creencias, tal vez a consecuencia de su simpatía hacia aquel partido progresista que siempre mintió respeto a la religión, sin ocultar mala voluntad al clero; Leocadia y doña Manuela eran mujeres mal dirigidas, o mejor dicho, descuidadas. En cuanto a Pepe, su incredulidad, su alejamiento de todo lo divino y sagrado resultaban más graves, por ser fruto, no del olvido de las santas verdades, sino de un profundo desprecio de ellas: le empujaban al descreimiento las corrientes de la época, los estudios modernos, la atmósfera cortesana y una indudable predisposición personal. En esto no se equivocó Tirso: los padres y la hermana se ofrecieron a su observación como realmente eran: indiferentes; Pepe, como un impenitente convencido con quien la lucha había de ser más trabajosa, porque la lucha era inevitable. No vino él al hogar con ánimo de provocarla, mas tampoco le parecía razonable ni conforme a su ministerio mirar en calma aquel estado de honda perturbación que le hizo prorrumpir en un momento de ira: «parecéis judíos.» Su entusiasmo religioso era sincero: la conciencia le dijo que, si los azares de la vida le hubiesen colocado junto a gentes extrañas, empecatadas como sus padres y hermanos, habría puesto tenaz empeño en convertirlas, y que mal podía contemplar fríamente la perdición de su propia viña. Cuando resolvió su viaje a la corte, no imaginó tener que consagrarse a esta obra: otros eran sus propósitos y él solo los sabía; mas ya que la Providencia le mostraba la mala yerba en su camino, debía arrancarla, aunque fuera al paso y sin distraerse de su objeto principal. ¡Deber juntamente grato y penoso el salvar a sus padres y hermanos de la condenación eterna! Algo análogo leyó en sus libros devotos, pero no tan en grande. Tal santo convirtió a su cónyuge, otro a su padre, alguno a su hermano: él tenía que habérselas con toda su familia, en la cual antes jamás pensó, de la que vivió apartado voluntariamente, pero que de pronto se le antojaba rebaño disperso al borde de un abismo, y al cual había de guiar hasta recogerlo en el redil bendito de la Iglesia. Trájole a la corte el servir a empresa más alta, por tratarse de la patria entera y no de unos cuantos individuos; mas ya que Dios ponía la llaga al alcance de sus manos y la herida estaba como en su mismo cuerpo, justo era que la sanara.

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