Explore "El enemigo" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Doña Manuela era incapaz de aquilatar la importancia que tenía aquella brusca ingerencia de su hijo mayor en la vida de la casa, pero se acobardó ante la idea de que entre ambos hermanos pudieran surgir desavenencias graves que desazonaran al padre. En cuanto a poner remedio, sólo se le ocurrió impedir toda explicación entre Tirso y Pepe.
Para esto era forzoso prestar asentimiento a los deseos de aquél, ir a misa, someterse a prácticas devotas y ceder a su voluntad, como antes había cedido y se había plegado a la carencia de espíritu religioso que siempre demostraron el marido y el hijo menor. Doblegóse, pues, deseosa de evitar contrariedades, y su primer acto de sumisión fue ir a misa el domingo siguiente. Al volver de la iglesia, Tirso la recibió con una cariñosísima sonrisa y ella consideró pagada su molestia; porque tal le pareció, sobre madrugar más de lo ordinario, vestirse algo mejor que de costumbre, abandonar los cuidados de la casa y pasar media hora en el templo rezando "Ave Marías" y "Padres nuestros", que tenía casi olvidados. Algún recelo abrigó de que Pepe la hiciese burla; mas nada dijo éste que hiciese sospechar desagrado: en cambio Tirso, aunque con gesto bondadoso, la preguntó: