El enemigo by Jacinto Octavio Picón — Read

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Según Paz mostraba por lo enamorada mayor empeño en salvar la distancia que les separaba, más parecía obstinarse la adversidad en desunirlos, colocando a Pepe en peores circunstancias.

Cierto caballero influyente en la comisión de gobierno interior del Senado, que había menester una plaza vacante para uno de sus protegidos, supo que Pepe era hermano del clérigo autor del sermón censurado por la prensa y, sin otro motivo, logró que le dejaran cesante. En vano procuró don Luis de Ágreda su reposición: hiciéronle buenas promesas, pero no obtuvo resultado; y como la pérdida del destino representaba en casa de Pepe una falta de diez y ocho duros a fin de mes, la escasez mal disimulada fue degenerando en franca e irremediable pobreza. Además, el desorden que causaba doña Manuela con el olvido de todo lo casero era cada día mayor: la misa por la mañana, las Cuarenta Horas y vela por la tarde, el hacer o escuchar lecturas piadosas y el quedarse medio dormida en una silla, a lo cual llamaba pomposamente meditación, no la dejaban tiempo para nada. La cena, hecha con prisas al volver de la iglesia, unas veces era mala, otras peor y, si Pepe, a causa del trabajo de la imprenta, no venía temprano, doña Manuela, Leocadia y Tirso, en vez de acostar al pobre viejo, se ponían a rezar el Rosario y la Letanía con alguna oración de añadidura, como preces por los herejes o acciones de desagravios; con todo lo cual quedábase don José preso en la butaca junto a las vidrieras del balcón, mirando pasar gente, viendo encender faroles y aumentar las sombras, sin oír palabra que le distrajese ni frase que le consolara. Ni siquiera se acordaban de cubrirle las piernas con una manta; así que, al ir a moverle de la butaca, solían encontrarle frío, como entumecido. Si pedía que le comprasen periódicos, nunca faltaba excusa: los pocos cuartos antes invertidos para entretenimiento del enfermo en suplementos y extraordinarios, iban a parar ahora al cajón de las ánimas, débil compensación, a juicio de Tirso, de lo gastado en regocijarse con noticias contrarias a la buena causa. Además, del armario en que estaban faltaron varias obras que don José estimaba en mucho, por ser de esas que proporcionan el doble placer de recordar el tiempo en que se leyeron y afirmar las ideas que inspiraron: desaparecieron de la casa una "Historia de las Cortes de Cádiz", la anónima del "Reinado de Fernando VII", las "Cartas a Lord Holland", de Quintana; una continuación al "Mariana", escrita por Eduardo Chao; los "Recuerdos", de Alcalá Galiano y otro de Toreno. El expurgo debió ser cosa de Tirso, y también la elección de cuatro o seis libracos que, en sustitución de aquellos, tomó doña Manuela, como el "Método práctico para hablar con Dios", del jesuita Franco; el "Verdadero Sufragio universal", o sea "Pío IX y sus bodas de oro"; el "Interior de Jesús y María", el "Águila real, pelicano amante, historia panegírica del ínclito San Agustín", y el "Despertador del alma descuidada en el negocio máximo de su salvación".

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