El enemigo by Jacinto Octavio Picón — Read

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Las "Hijas de la Salve" eran unas monjas que a fuerza de pedir limosnas y aceptar herencias consiguieron edificar un buen convento en las cercanías de Madrid, fuera de la puerta de Fuencarral. La piedad religiosa pareció acuñarse para sus manos: lo más elegante y rico de la Corte les otorgó su apoyo. No había por aquel tiempo mujer devota ni dama encopetada que dejara de visitarlas. Dos "hermanitas" venían diariamente a Madrid a recoger ofrendas, y como tenían la colecta admirablemente organizada por distritos y barrios, se presentaban en palacios y casas a hora conveniente. Sabían que tal señora no se levantaba hasta la una, que tal otra era más madrugadora, que para hablar a unas era preciso ir a medio día, y que algunas no recibían hasta la tarde. La tartanilla en que hacían sus correrías se paraba ante las casas de la grandeza y la alta banca, con regularidad admirable, en determinadas fechas y a horas fijas: a poder hablar, el borriquillo que la arrastraba hubiera dado las señas de los domicilios de "lo mejor" de Madrid. También había casas donde un mayordomo, una doncella, y aun el portero, eran los encargados de entregar la limosna, sin que las recaudadoras se ofendieran ni dejaran de tomarla. Otra mina de donde sacaban gran provecho para adornar su casa y acrecer sus rentas -- que eran casa y rentas del Señor -- consistía en una hermandad educadora aneja al convento. Las "Hijas de la Salve", previa autorización eclesiástica, habían hecho dos fundaciones que eran como ramas de un mismo y santo árbol: la primera un colegio establecido en el convento, y la segunda una asociación devota, calcada en la organización de ciertas cofradías, pero con perfección suma. La asociación llamada "Limosna de la luz" tenía por objeto reunir, mediante modestas cuotas mensuales, fondos para llevar diariamente, en nombre de los hermanos, determinado número de velas de cera al templo donde se adorase a la Santísima Virgen en cualquiera de sus advocaciones; pero como los asociados eran muchos y pocas las velas necesarias, al cabo de cada mes quedaba en caja un sobrante respetable, que se destinaba a misas por los hermanos difuntos, funciones de iglesia, novenas, actos de desagravio al Señor por las injurias de los impíos, ofrendas al Santo Padre y regalos a templos o capillas pobres, que consistían algunas veces en objetos de metal para el culto o donaciones para mejoras, pero que generalmente eran de ropas sagradas. En un principio la hermandad lo compraba todo; mas como las compras salían caras, la asociación estableció un pequeño obrador donde recibía a las jóvenes que, hallándose sin trabajo, querían coser a menor jornal que para tiendas o particulares: el obrador, pequeño, bien dirigido y mejor administrado, trocose pronto en taller grande, de modo que al año quedaron enlazados en sabroso nudo la piedad y el lucro, viniendo a ser aquello una santificación del trabajo. Hacíase allí toda clase de labores de aguja, desde lo más sencillo a lo más complicado y primoroso. Se bordaba en blanco, en sedas de colores y en oro; el planchado era admirable; los roquetes, albas, paños de altar, sabanillas y almohadones para santos sepulcros, parecían obra de hadas; los ternos, casullas, mangas y estandartes, eran verdaderos prodigios artísticos; y como antes ocurrió que solía quedar un remanente de velas, comenzó también a tener la casa en almacén más de lo que había menester para sus obsequios. No se había de tirar. La administración dispuso que pudiera venderse a bajo precio, con sólo cubrir gastos, y de esta suerte se apretó un poco más el lazo de la Religión y el comercio. Al mismo tiempo la hermandad "Limosna de la luz" pensó que su bienhechora influencia podía hacer algo mejor que poner velas en los altares, regalar casullas o vender ropa barata para el culto: podía -- ¡oh admirable hallazgo! ¡oh inspiración divina! -- regalar almas al Señor.

Hasta entonces no se había exigido a las obreras del taller sino buena conducta y legitimidad de origen -- porque no eran dignas de trabajar para tan santo fin las ovejas descarriadas ni las hijas del pecado; -- en adelante se las exigió someterse a ejercicios piadosos, explicación de la doctrina cristiana y asistencia a determinadas solemnidades en la capilla del convento. Un maestro de música formó un coro de primer orden, siendo cosa de oír -- y todo el Madrid elegante se regocijó de ello -- cómo cantaban salves y motetes por las tardes las infelices que pasaban trabajando todo el día. Algunas, a la larga, convencidas de la bondad de la continua predicación a que estaban sujetas voluntariamente, manifestaban deseos de entrar en las "Hijas de la Salve": si su habilidad con la aguja podía ser agradable a los divinos ojos y beneficiosa al caudal común, se las admitía: en caso contrario, no faltaba medio de negarse, resultando que, a despecho de los errores humanos, como la casa contaba con la visible protección del cielo, todo era en ella prosperidad. Los jornales de las que trabajaban nunca subían; pero, en cambio, ¡qué alegría cuando alguna renunciaba al mundo! Las señoras que protegían a las "Hijas de la Salve" solían pagar el no muy cuantioso dote necesario y el humilde equipo preciso. ¡Santa caridad que sustraía doncellas a la circulación del pecado, evitando que llegaran a ser madres de impíos! En vano fue que varios periódicos revolucionarios y descreídos dieran la voz de alarma. El Madrid devoto estaba entusiasmado: las "Hijas de la Salve" y la "Limosna de la luz" hacían prodigios. Un día profesaba una rica educanda de pocos años, desengañada del mundo; otro, una hija de familia se negaba a ir a pasar el domingo con sus padres por adornar un altar; ya una señorita manifestaba decidido propósito de acogerse al claustro; ya una de aquellas pobres obreras pedía como favor supremo ser adoptada en cualquier concepto por las santas Madres, Hermanas, o lo que fueran.

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