El Manco de Lepanto

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Volviose el familiar desalado a casa de doña Guiomar, y sin más compañía que un alguacil que le llevaba la linterna, en cuanto hubo dejado con miedo, frío y hierros al rapista, y bajo cerrojos, y tomado recibo de su persona; y acontecíale al tal Ginés de Sepúlveda, que así se llamaba este honrado familiar, que no las llevaba todas consigo, y que decía para sí que él debía ser también preso y juzgado por la Inquisición; porque si bien se miraba, él había pecado, aficionándose a una mujer, por en cuanto a su voto de castidad, y había faltado a su obligación en no prender a quien se le había mandado prendiese; antes bien, disculpádola, y excusádola, y puéstose por su pecado de su parte, sin importársele otra cosa; y hubiera querido que le naciesen alas para llegar pronto; y en fin, no vivía de miedo de haber ofendido a Dios, y de ansia por que tardaba en ver aquel hermoso sol que, a la media noche, le había deslumbrado.

Iban alguacil delante y familiar detrás, estirando a cual más podían las zancas y alargando los pescuezos, aficionado el uno al agasajo que de seguro le harían en aquella principalísima casa mientras esperase, y desasosegado y agonizando el otro por volver a ver a doña Guiomar; y esperaba el alguacil que alguna linda doncella, o dueña de no malos bigotes viniese a él, por mandamiento de su señora, para hacerle menos enojosa la espera; que el alguacil no podía creer sino que a cosa de amores volvía el familiar solo a la casa, y sin color de justicia, y que por esto se había salido de la casa sin prender a nadie; y en cuanto al familiar, no pensaba nada, sino que de él tiraban duendes o diablos para llevarle a su perdición; y aunque él no quería, salíasele el alma al mezquino, como si su alma hubiese querido llegar súbitamente y juntarse con aquella otra alma que dentro de aquel hermosísimo cuerpo vivía.

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