Explore "El Manco de Lepanto" by Manuel Fernández y González on Textopian. Read with annotations and highlights.
No dice la historia si los amantes descansaron lo que quedaba de noche, que no era mucho por ser verano, pero sí que cuando al alba fue Florela a despertar a su señora como de costumbre para que fuese a misa, encontrola ya vestida, señal de que el lecho se la había hecho enojoso, y tan hermosa con las suaves ojeras y con la melancolía que mostraba su semblante, que deidad más que mujer parecía.
Preguntó con desmayada y dulce voz a su doncella si había visto señales, al pasar por el aposento del escondido, de que éste hubiese despertado; y Florela no supo qué decir, sino que debía de dormir el buen soldado, porque cuando ella pasaba por la puerta del aposento, adonde pocas horas antes le había conducido, escuchado había un cierto ruido, que si no se parecía al roncar de una persona que está en siete sueños, no sabía ella a lo que se parecía.