El Manco de Lepanto

Explore "El Manco de Lepanto" by Manuel Fernández y González on Textopian. Read with annotations and highlights.

Tropezábase por entonces en Sevilla a cada paso con una opulenta hostería, lugar de morada, de pasatiempo y placeres de la gente alegre, noble y rica, pero olíales el resuello a las más a una legua a carestía, y no era la menguada bolsa de Miguel la que podía atreverse con ninguna de ellas, ni aun con la más humilde; no había que pasar de bodegón, y aun así, cuidando no fuera de aquellos que se daban tufos de hostería, y acordándose del de la tía "Zarandaja", que en una revuelta de la calle de las Sierpes estaba, y al que podía llegarse sin pasar por delante de la casa de la bella indiana, a él se fue, y en ella dio al fin a punto que el sol asomaba por el Oriente, y la tía "Zarandaja", que ya para el despacho había, abierto, a la puerta se encontraba departiendo con algunas vecinas de los sucesos de la noche, que a la vecindad habían alborotado, y que habían tenido por remate el que la Inquisición prendiese al señor "Viváis-mil-años", cosa que ponía espanto en aquellas buenas comadres, la que más y la que menos parienta próxima, y hermana en el diablo, por brujas, del preso; y por aquello de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar echa las tuyas en remojo, todas aquellas valientes hembras andaban desasosegadas y en corrillos por las puertas, que no era sola la del bodegón de la tía "Zarandaja" la en que se las veía.

-- Algo que sea bueno y confortativo, buena madre, -- dijo Cervantes entrándose por el bodegón, -- habéis de darme para esta pobre joven, que harto doliente se encuentra; y sea esto pronto, y empiece por una buena taza de caldo que tenga por mitad del generoso trasañejo de Montilla.

Reading navigation