El origen del pensamiento

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Durante año y medio Mario desempeñó atentamente cuantos trabajos le encomendaba su amigo y protector Rivera. Mas no se despidió por eso de su antigua afición a la escultura. En su gabinete, a las horas que tenía libres, seguía rindiéndole el mismo culto fervoroso y humilde. Miguel había hecho poco caso hasta entonces de aquellas aficiones. Mas un día, al pasar por delante del cuarto de su amigo, viendo por la puerta, que se hallaba entreabierta, una figura tapada con un lienzo, se decidió a entrar. Levantó la tela y quedó gratamente sorprendido. Era una pequeña figura de cuatro pies de alto que representaba a Ofelia coronada de flores. Había tanto desembarazo en la postura, tal delicadeza en las facciones, tanta inocencia en la expresión, que jamás había visto una interpretación más viva de la inmortal heroína de Shakespeare. Quedó pensativo y preocupado. Cuando Mario llegó a comer le preguntó afectando indiferencia:

-- ¿Cuándo has terminado esa figurita que tienes en el cuarto?

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