El maestrante by Armando Palacio Valdés — Read

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Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a ella consentiría en cualquier alianza.

-- Desengáñate, Santos -- decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por el Bombé con Granate, -- tú, como te has pasado más de la mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas, incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó rechazándote.

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