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Mr. Leeds, un verdadero yankee, vestido todo de negro, les recibió con mucha deferencia. Hablaba bien el castellano por haber estado muchos años en la América del Sur. No opuso ninguna dificultad á la pretension de nuestros visitadores, dijo que podían examinar todo, todo, antes y despues de la representacion; durante ella les suplicaba se estuviesen tranquilos. Ben Zayb se sonreía y saboreaba el disgusto que preparaba al americano.
La sala, tapizada toda de negro, estaba alumbrada por lámparas antiguas, alimentadas con espíritu de vino. Una barrera cubierta de terciopelo negro la dividía en dos partes casi iguales, una, llena de sillas para los espectadores, y otra, ocupada por un entarimado con una alfombra á cuadros. Sobre este entarimado, en la parte media, se elevaba una mesa cubierta por un rico paño negro, lleno de calaveras y otras figuras cabalísticas. La mise en scène resultaba lúgubre, é impresionó á los alegres visitadores. Las bromas cesaron, se hablaba en voz baja y por más que algunos se querían mostrar despreocupados, en los labios no cuajaba la risa. Todos sentían como si entrasen en una casa donde hay un muerto. Un olor á incienso y á cera aumentaban esta ilusion. D. Custodio y el P. Salví se consultaron en voz baja sobre si sería ó no conveniente prohibir semejantes espectáculos.