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Plácido Penitente salió de clase con el corazon rebosando hiel y con sombrías lágrimas en la mirada. Él era muy digno de su nombre cuando no se le sacaba de sus casillas, pero una vez que se irritaba, era un verdadero torrente, una fiera que solo se podía detener muriendo ó matando. Tantas afrentas, tantos alfilerazos que día por día, habían hecho estremecerse su corazon depositándose en él para dormir con el sueño de víboras aletargadas, se levantaban ahora y se agitaban rugiendo de ira. Los silbidos resonaban en sus oidos con las frases burlonas del catedrático, las frases en lengua de tienda, y le parecía oir latigazos y carcajadas. Mil proyectos de venganza surgían en su cerebro atropellándose unos á otros y desapareciendo inmediatamente como imágenes de un sueño. Su amor propio con la tenacidad de un desesperado le gritaba que debía obrar.
-- Plácido Penitente, decía la voz, demuestra á toda esa juventud que tienes dignidad, que eres hijo de una provincia valerosa y caballeresca donde el insulto se lava con sangre. ¡Eres batangueño, Plácido Penitente! ¡Véngate, Plácido Penitente!