Marta y María: novela de costumbres

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Algún tiempo antes de los sucesos que acabamos de narrar, los amores de Ricardo y María, que se habían ido desvaneciendo gradualmente como las notas de una hermosa melodía, hasta el punto de no saber el mismo Ricardo si realmente existían o se habían extinguido por completo, si aun era el amante de la primogénita de Elorza, o si no tenía sobre su corazón otros derechos que los que se conceden a un antiguo y estimado amigo; estos amores, decimos, habían cobrado, sin que nadie supiese a qué atribuirlo, repentina e inesperada vida, como si a una luz próxima a morir por falta de aceite, le echasen alguna buena cantidad de ese combustible. Todos se mostraban sorprendidos de verlos juntos charlando como antes, en un ángulo de la sala, larguísimos ratos, abstraídos de cuanto les rodeaba, habitando en ese rincón del cielo que los amantes encuentran tan fácilmente lo mismo en la soledad que entre la muchedumbre. A la sorpresa sucedía la complacencia en los amigos, y a la complacencia las hipótesis sobre la mayor o menor proximidad de la época del matrimonio y las conjeturas acerca de los motivos que habían operado tal cambio en la conducta de los novios. Los maliciosos, guiñando el ojo al decirlo, sostenían que de los tres enemigos del alma la carne era el más temible, y que Dios había dicho: «crescite et multiplicamini», y que era tontería oponerse a las leyes de la naturaleza. Las señoras manifestaban, bajando la vista, que en todos los estados se podía muy bien servir a Dios y que no eran las más flojas penitencias las que imponían el cuidado de los hijos, su educación y el gobierno de la casa.

Mas de todas suertes, el hecho era que las cosas habían cambiado sin saber por qué, y que señoras y caballeros se alegraban de ello, esperando que los ilustres novios les proporcionasen pronto un día agradable. El regocijo de don Mariano era tan grande, que se traslucía en los ojos cada vez que los dirigía hacia la gentil pareja, y mil hermosos ensueños, en que siempre figuraba un enjambre de nietezuelos rubios y traviesos como lo había sido su hija, venían por la noche a acariciarle en las soledades de su lecho feudal. Doña Gertrudis, como de costumbre, encontraba muy bien la conducta de María. He aquí ahora cómo se había efectuado el suceso.

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